Otro Viaje

 

¡Buen día! Aquí estoy. Hoy comienzo a contarles otra parte triste de mi vida.

Durante los dos o tres meses posteriores al día en el que hicimos el viaje al campo sobre el que les hablé, la familia siguió sacando cosas de la casa. Algunas las regalaban, otras las tiraban. Yo no entendía nada. ¿Qué les pasaba?

Una mañana, vi que tomaban mis cosas y las colocaban en el baúl del coche. Seguía sin entender. ¿También iban a regalar mis platos, la correa con la que salíamos a pasear y las lonas sobre las que dormía? Eso es raro, pensé.

Tampoco me parecía normal que la mamá y los chicos, ya no tan chicos, me acariciaran y apretaran contra sus cuerpos, mientras alguna que otra lágrima caía de sus ojos.

De pronto, oí que el papá le decía al resto de la familia:

-        ¿Me van a dejar ir sólo? Creía que alguno de ustedes me iba a acompañar.

Uno de ellos le contestó:

-        Perdónanos, pero hoy no podemos acompañarte. No vamos a ser capaces de  dejarlo.

-        Está bien. Los entiendo. Ya pasaron bastantes momentos feos. A mí tampoco me va a ser fácil, pero no tenemos otra posibilidad.

  Luego, abriendo la puerta de atrás del auto, me dijo:

-        ¡Arriba King! Vamos.

Como todavía no había entendido lo que pasaba, miré a los muchachos, esperando que ellos también subieran.

Cuando el papá encendió el motor y partimos, me di cuenta de que este viaje lo hacíamos solamente él y yo.

Tomamos la ruta y, después de un largo rato, llegamos al campo que habíamos visitado con anterioridad.

Esta vez fue el papá el que bajó para abrir la tranquera.

Cuando nos acercamos a la casa, salieron a recibirnos las mismas personas que la vez anterior.

Se  saludaron y, los mayores, conversaron sobre temas relacionados con el campo, sus trabajos, etc.

Alrededor de una hora más tarde, fueron bajando del auto todas mis cosas. Después, el papá me colocó la cadena que había traído y dándosela al señor del campo, que se llamaba José, le dijo:

-        Cuídamelo bien. Lo queremos mucho y nos cuesta hacer esto.

Luego, se dirigió a los niños:

-        Háganle caricias. Le gustan y las va a necesitar. Es muy fiel y va a aprender a quererlos como nos quiere a nosotros.

Ante mi desesperación por lo que estaba pasando, sólo atinó a acariciarme y abrazarme. Subió al auto y partió rápidamente, sin parar ni siquiera para cerrar la tranquera.

José tomó una cadena más larga, la que ató a un poste cercano a la casa. Colocó a mi lado un recipiente con agua y se fue.

Me tiré a la sombra, mientras trataba de entender que estaba pasando.

Quería convencerme de que me habían dejado allí sólo por unas horas, mientras el papá iba a su trabajo, y que, cuando volviera, vendría a buscarme para regresar a la casa.

Desde mi lugar, veía a los hijos de José jugando en los alrededores de la casa con sus perros, los que ni siquiera se acercaban a mí.

Cuando estaba llegando la noche, me arrimaron un plato con comida. No era mala, pero no se parecía en nada a las exquisiteces que me cocinaba la mamá.

Comí un poco, casi sin ganas. Cosa rara en mí, había perdido el apetito. Estaba triste. No lograba entender si lo que estaba pasando era lo que tantas veces había temido: mi familia me abandonaba.

Me resistía a aceptarlo. Yo no había sido tan malo. A veces me había rebelado o había hecho diabluras, pero terminaba agachando la cabeza para pedirles perdón. ¿No me habrían perdonado y me estaban castigando de esta manera?

¡No! ¡Seguro que no! Ellos no eran tan rencorosos. Los conocía muy bien. ¿Estaría equivocado?

Sin que me diera cuenta, ya que mi mente estaba ocupada con estos pensamientos, llegó la noche.

Recién cuando lo noté, empecé a pensar en la posibilidad de tener que pasarla allí, contrariamente a lo que había supuesto.

Al día siguiente, los hijos de José se acercaron a mí y me hicieron algunas caricias, pero yo no tenía ganas de retribuirlas. No quería cambiar de familia.

A veces me llevaban al interior de la casa, pero sólo por un rato.

Así fueron pasando los días y las noches.

Bueno… hoy me he pasado. Espero no haberlos aburrido con mis penas, pero me hace bien compartirlas. Los dejo.

 

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Mi vida en el campo