Otro susto

 

 ¡Buen día, amiguitos!

Hoy les voy a contar sobre ese sentido especial que tenemos para darnos cuenta de situaciones que, a veces, los humanos no perciben o demoran más en hacerlo.

Una tarde, nos encontrábamos dentro de la casa sólo la mamá, el papá y yo. La mamá, a quien siempre quise mucho, había estado algo enferma (alguna vez les voy a contar sobre eso).

Ese día se había levantado  y estaba en la cocina junto al papá. Yo revoloteaba alrededor de ellos. Generalmente lo hacía esperando esas lindas caricias que me hacían.

Uds. no se imaginan como me gustaba sentirme querido.

Había pasado por un período en el que sufrí mucho, me había sentido abandonado y había pasado hambre. Lo  mejor que me podía haber sucedido, después de todo eso, había sido encontrar a ésta, mi nueva familia.

¡Cómo me mimaban! ¡Que bien lo pasaba!

Pero ese día, para ser sincero, no sólo estaba esperando caricias, también, algún bocadillo. Yo sabía que cuando estaba en la cocina, a la hora de preparar la comida, aunque no fuera la de mi almuerzo, algo recibía.

Bueno, les sigo contando.

Mientras estaba allí, cerca de ambos, sentí que la mamá no estaba bien. No sé que me pasó, pero algo me estaba diciendo que debía prestar atención a lo que ocurría.

Uds. saben que la atención es una de nuestras virtudes. Es muy difícil que no percibamos que algo pasa a nuestro alrededor, aún cuando nos encontramos durmiendo y, especialmente cuando, como me pasaba a mí en ese momento, estamos muy atentos.

La miré. Se movía en forma muy rara. Parecía tambalearse.

El papá estaba dándonos la espalda y no se daba cuenta de lo que estaba sucediendo.

Yo me desesperaba. No era capaz de hablar. No había forma de hacerme entender. ¿Cómo podía llamarle la atención para que mirara hacia nosotros?

Sólo se me ocurrió una cosa:  ladrar.

Sí, lo decidí, iba a ladrar.

Lo hice y el papá se dio vuelta, justo para evitar que la mamá se cayera al piso.

Después de eso, la hizo sentar en una silla y allí se fue mejorando.

No se imaginan lo aliviado que me sentí. Realmente me había asustado mucho.

Creo que hice lo mejor que pude haber hecho. Lamentablemente no estaba en condiciones de hacer otra cosa, pero parece que ellos también lo entendieron porque me gratificaron con una de las mejores comidas de mi vida.

¡Qué bien me sentía!

¡No! ¡No me miren así!

Casi puedo leer lo que sus pícaros ojos me están queriendo decir.

¡No! Les aseguro que lo más importante no fue lo que me dieron, sino haber podido demostrar lo mucho que los quería.

Supongo que a Uds. les pasará lo mismo cuando sienten que hicieron algo por alguien y, especialmente, si es alguien a quien aman. ¿No es verdad?

Como tenemos tiempo, les voy a seguir contando sobre otra oportunidad en la que me pasó algo parecido.

Ese día estábamos la mamá y yo. El papá y todos los niños habían salido.

De repente, percibí que a la mamá le estaba pasando algo similar a lo que les conté antes, pero esta vez, como les dije, estábamos solos.

Enseguida vi como caía al piso. Yo no podía hacer nada. Me sentía mal por ello, pero eso estaba fuera de mis posibilidades. La vez anterior tenía a mi lado al papá que pudo sostenerla. En ese momento, no había nadie.

Una vez que terminó de caer, me acerqué a ella. Parecía dormida. Respiraba, pero no se movía. Yo estaba realmente asustado.

¿Qué le había pasado? ¿Podría ayudarla de alguna forma? ¿Cómo?

¡Cuántas preguntas pasaban por mi mente!

¡La quería tanto y me sentía tan inútil!

¡Qué triste momento fue ese!

Después de unos minutos, me dije: “Está bien, nada puedo hacer para ayudarla. Eso lo entendí.  Pero, son tan buenos conmigo que, en momentos tan duros, por lo menos, debo hacerle unos mimos.”

Y... lo hice. Comencé a lamer su cara con mi lengua, ya que no sabía hacerlos de  otra manera.

¿Saben? Parece que los mimos son un buen remedio. De repente, la mamá comenzó a moverse. Luego, se fue despertando poco a poco. Miró a su alrededor. Se vio en el piso.

Presumo que no entendía nada. Tocó su cara todavía húmeda por mis lengüetazos y, al fin, creo que lo dedujo.

Después de unos minutos, se levantó despacio y se fue hacia el dormitorio, donde se recostó sobre la cama.

Yo la seguía de cerca. No quería dejarla sola.

Me puse a su lado y, con su mano todavía temblorosa, me hizo algunas caricias.

Allí entendí que había actuado bien, a pesar de mis pocas posibilidades para ayudar en ocasiones como ésta.

Más tarde, cuando llegó el resto de la familia, la mamá contó lo sucedido y todos me mostraron su agradecimiento por lo que hice.

¡Qué bien me sentí!

Saben, siempre me sentía muy bien cuando hacía cosas que les gustaban a aquellos a los que quería, pero a veces... Uds. saben, porque les he contado, no podía con mi genio y hacía alguna diablura.

Chicos, los dejo. Nos vemos

 

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