Otro ataque de celos

 

¡Hola chicos! ¡Me alegra volver a estar con Uds.!

Hoy les voy a relatar otra de mis diabluras.

Si sigo contándoles este tipo de historias, van a terminar pensando que he sido muy malo.

Creo que no, pero… no siempre nos damos cuenta de nuestros errores y ese podría ser el caso.

Bueno… empiezo.

Hasta ahora no les había mencionado algunos de los habitantes de  mi nueva casa. En ella no solamente estábamos la familia, Gypsy y yo. También vivían  muchos canarios y una tortuga, a la que llamaban Manuelita.

Los canarios atraían mi atención con sus cantos y movimientos, pero no me molestaban.  A ellos no los trataban en forma especial. Solamente les limpiaban las jaulas y les daban de comer.

Ese no era un motivo para ponerme celoso.

A la que no quería mucho. Bueno... en realidad, nada, era a Manuelita. Ella era mi gran enemiga.

¿Por qué?

Siempre les dije que estaba un poco apenado porque la niña no me mimaba y...

¿Saben?

Sus dos amores eran Gypsy y Manuelita.

Eso me ponía mal. La quería y tenía la intención de ganarme su corazón. No sabía como hacerlo, pero como se van a dar cuenta, me equivoqué y elegí el peor camino.

La cuestión de su amor por Gypsy ya me había costado un gran disgusto. Además, yo también la quería mucho, de manera que había decidido que ese era un problema que tenía que dejar de lado para siempre. En realidad, ya lo había logrado y me sentía orgulloso de ello.

Con respecto al otro, a Manuelita, la cosa no era tan fácil. Para colmo de males, ella no era muy amigable. Si me acercaba, se escondía en su casita, que era muy dura y con unas puertas muy chiquitas, por las que yo no podía ni mirar. Por esos huecos, sólo asomaba su cabeza, su cola y sus cuatro patas.

Además, Manuelita era tan pequeña que podía esconderse debajo de cualquier mueble, incluso de aquellos que eran tan bajos que no permitían el paso de mi trompa, que, por cierto, como saben, no era chica.

¡Para colmo, se iba tan lejos que mis patas tampoco podían alcanzarla! 

Eso me ponía mal. A veces estaba tan enojado que tenía ganas de tomarla con mis dientes y llevarla donde no pudiera verla nunca más.

Un día en el que los niños habían salido temprano hacia el colegio y el papá se había ido a su trabajo, sólo estabamos la mamá, Gypsy, los canarios, Manuelita y yo.

La mamá y Gypsy estaban dentro de la casa. Yo  me encontraba durmiendo en el jardín.

Era un hermoso día de sol, pero, a pesar de ello,  tenía unos de esos terribles en los que uno está enojado y no sabe por qué.

De repente, algo me despertó. Presté atención a lo que estaba pasando a mi alrededor, porque, realmente, era muy guardián y cuidaba muy bien mi nueva casa.

Descubrí que Manuelita estaba caminando cerca de donde me encontraba. Generalmente no hacía ruido, pero, quizás, asustada porque yo estaba allí, chocó con algo y me despertó.

Cuando vio que me movía, se aterró y trató de llegar al lavadero, donde tenía muchos lugares para esconderse.

Enseguida me di cuenta de ello.

¡No tenía la menor intención de permitírselo!

¡Era el momento ideal para darle un gran susto!

Me acerqué rápidamente y no le di tiempo para escapar.  Cuando estaba bien cerca, le mostré mi gran dentadura. También le gruñí, pero no le ladré para evitar que la mamá me oyera y saliera a defenderla.

Ella metió su cabeza dentro de su casita, porque notó que no tenía donde guarecerse. Eso me puso peor. La tomé con mis dientes y la levanté.

Parece que la casita de Manuelita no era tan fuerte, porque oí que crujía.

Como no era mi intención lastimarla sino tan sólo darle un susto, la solté y me fui a tratar de seguir con mi siesta, aunque sin olvidarme de ella.

Manuelita, una vez que me advirtió lejos, comenzó a caminar hacia la calle hasta que la perdí de vista.

Después, me dormí, sin volver a verla.

Al día siguiente, al descubrir que Manuelita no estaba por allí, la familia comenzó a buscarla. No pudieron encontrarla.

Yo no podía contarles lo que había pasado, pero tampoco lo hubiese hecho, porque una vez que se me pasó el enojo supe que no había actuado bien y me sentía muy mal.

Pasé varios días con mucha tristeza ya que Manuelita nunca más apareció por la casa y sabía que yo había provocado su huida.

¿Saben cuándo me sentía peor?

Cuando veía a la niña, a la que quería, llorar porque Manuelita no aparecía.

¿Saben por qué?

Porque sabía que, sin haberlo deseado,  era el responsable de ese llanto.

Creo que ese episodio me ayudó a reflexionar y traté, de ahí en adelante, de cambiar. Sé que no siempre lo logré, pero tuve la intención de hacerlo.

Creo que por hoy ya les he dado suficiente charla.

 

tortuga

Manuelita