Otra vez en camino

 

Llegué para seguir contándoles. ¡Qué gusto!

Después que pasaron algunos días desde mi encuentro con Poqui, con el que aprendí mucho,  resolví seguir mi viaje.

Anduve un largo trecho por el costado de la ruta. Llegó la hora de comer y, siguiendo el consejo de mi nuevo amigo, me fui acercando a un lugar donde, desde lejos, había visto estacionados tres camiones muy grandes.

Cuando me aproximé, como los conductores todavía no habían partido, resolví dejarme ver para esperar su reacción. Noté que había algo de temor en sus rostros, lo que era bastante normal en quienes no me conocían, ya que era grande y con una cara que podía inspirar ternura o temor, según quien me viera. Resolví no acercarme demasiado para evitar problemas.

Parece que se dieron cuenta de que estaba muerto de hambre, porque, al rato, juntaron algunos trozos de carne y huesos, los pusieron en una bandejita y uno de los camioneros la llevó al lado de un árbol que estaba a mitad de camino entre ellos y yo. Luego se alejó.

Me acerqué a la bandeja, moviendo mi cola en signo de alegría y amistad.  Cuando había saciado mi apetito, más bien mi hambre, me senté al lado del árbol esperando algún signo de ellos para acercarme a agradecerles lo que me habían dado.

Al rato vi que el más joven del grupo silbaba llamándome, Poco a poco me fui acercando. Cuando llegué a su lado, comenzó a hacerme caricias en el lomo.

¡No saben cuanto las necesitaba!

Me retorcía de placer. Cada caricia era como si fueran miles. Estaba ávido de ellas.

Decidí demostrarles mi agradecimiento lamiendo las manos de cada uno de los que venían a mimarme.

Terminé haciéndolo con todos ellos, ya que se dieron cuenta de que no tenía la menor intención de agredirlos.

Cuando me cansé, me eché a dormir al lado del más joven, que había sido el primero que me había acariciado.

Más tarde fueron subiendo a sus camiones, no sin antes hacerme algunas caricias más, y partieron.

Me quedé un poco apenado, pero razoné que así era la vida y que, seguramente, había quienes estaban deseando que ellos  regresaran a sus hogares.

Esperaba poder volver a verlos muy pronto, pero no podía expresárselo salvo con los movimientos de mi pequeña cola.

Supongo que ellos lo entendieron porque me miraban con mucho cariño o, por lo menos, así lo sentía yo.

Cuando todos se fueron, resolví terminar de comer lo que quedaba para no desperdiciarlo y, como entenderán, porque no sabía cuando iba a volver a tener comida a mi disposición.

Después dormité un rato y continué el viaje, sin saber la trampa que me estaba tendiendo el destino.

Pero no se asusten, no fue nada que no tuviera remedio.

Al llegar la noche, me aprestaba a buscar un lugar para dormir. De pronto el cielo comenzó a ponerse oscuro. Al rato, se lo veía cruzado por unas luces impresionantes. Pocos segundos después, comenzaron a sonar los truenos. Parecía que todo se iba a venir abajo.

No era la primera vez que veía algo así, pero nunca me había encontrado tan desprotegido.

Cuando vivía con mi familia, siempre tenía un rincón de la casa donde meterme y al sentirme acompañado no tenía miedo. Nada podía pasarme.

El tiempo que viví en la vivienda de José, sólo en días de tormenta se ocupaban algo más de mí. Cuando se acercaba una, alguno de la casa me desataba y me llevaba a un galpón para que estuviera a cubierto.

Siempre me sentí agradecido por ello.

No sé si alguna vez les tomó una tormenta estando en el medio del campo. Es impresionante. Las luces, los truenos, el viento y la lluvia. Me da miedo sólo al pensarlo.

¡No me miren así! ¿Alguna vez les dije que jamás tuve temor a algo? Creo no haberlo dicho nunca, porque no sería verdad.

Bueno… cuando vi lo que se venía, comencé a buscar algo donde cobijarme en los alrededores del lugar donde estaba.

Había oído y comprobado que los árboles suelen atraer los rayos, por lo que el bosque no era un lugar seguro.

Noté que no muy lejos de allí había un edificio. Rápidamente me acerqué y busqué por donde entrar, no sin antes ver si no había guardianes en la zona.

No era una casa, sino un lugar donde guardaban pasto seco y cereales. Encontré un rincón que me pareció ideal para pasar la noche de tormenta.

Fui acercando algunas bolsas vacías que estaban en el suelo y agregué un poco de pasto. Una vez que preparé bien mi camita, me puse a dormir.

No fue una noche tranquila. Desde allí casi no veía las luces de los rayos, pero, cada tanto, me despertaba el rugido de algún trueno.

¡Es tarde! Me voy. Nos vemos.

 

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