Otra etapa

 

Como les dije, Linda había comenzado a jugar conmigo. Hasta salía de ella invitarme a hacerlo.

Poco a poco me fui encariñando.

¡No les voy a mentir! No fue tan lentamente y tampoco sólo encariñándome. Siempre fui un don Juan y cuando vi que no estaba tan triste y dejé de sentir lástima por ella,  advertí que me atraía cada vez más. 

¡Me había enamorado!

¿Estaría dispuesta a ser mi compañera? No lo sabía. De vez en cuando trataba de insinuárselo  sin hablarlo, como solemos hacerlo nosotros. No había una respuesta.

A veces, me interrumpía invitándome a jugar. Lo hacía alejándose corriendo o poniéndose en posición de largada, como una vez les expliqué.

¿Recuerdan? Doblamos nuestras patas traseras y apoyamos nuestro cuerpo sobre ellas, mientras estiramos las delanteras y acercamos nuestra cabeza al piso, invitando a jugar con la mirada. Otras, me tiraba un mordisco cariñoso. Como diciéndome: “No molestes. No es el momento.”

Aceptaba su decisión, aunque me costaba bastante hacerlo, y seguía tratando de enseñarle a vivir su nueva vida.

Comenzamos a buscar un lugar más alejado de la ruta, para poder vivir juntos con mayor tranquilidad. Encontramos, cerca del alambrado de un campo y pegado a un bosque un poco más grande que aquellos en los que yo me había cobijado hasta ese momento, un pequeño galpón abandonado.

Decidimos que ese sería nuestro refugio. Seguramente, mi intención debía ser que, en algún momento, iniciáramos juntos el viaje que había interrumpido para estar a su lado.

Para no mentir, tengo que decirles que de eso no se hablaba y todavía no sé si era porque no quería lastimarla o porque mis prioridades habían cambiado. Mi principal interés ya no era continuar el viaje sino estar con ella.

El problema vivienda ya lo teníamos solucionado. Ahora debíamos dedicarnos a buscar comida.

Como en el bosque había visto restos de fogones, sabía, por experiencia, que íbamos a tener comida asegurada cuando algún camionero parara a comer y descansar.

Se lo comenté a Linda, diciéndole:

~        Pienso que aquí vamos a poder comer. He visto que hay restos de fogones. Cuando vengan nos acercaremos y, seguramente, nos darán comida.

Ella me respondió:

~        ¡Sabes que me da miedo acercarme!

~        ¡No te preocupes! Haremos como hasta ahora. Te quedarás escondida e iré buscar para los dos.

~        ¡Qué bueno eres! ¡Me cuidas tanto! ¿Qué hubiese sido de mí si no te hubiese encontrado?

~        ¡No me hagas poner colorado! Todo lo que hago por ti te lo mereces. ¡No sabes cuanto vale tu compañía! Estaba muy solo.

~        Pienso que debe ser horrible no tener alguien que te acompañe. Recuerdo cuanto sufría cada vez que mi familia salía y me quedaba sola en la casa. Esperaba con angustia su llegada. Cuando volvían me moría por darles y recibir caricias. ¡Pensar que me lo pagaron de esta manera!

~        ¡No te amargues! Ahora estamos juntos y si no fuera por eso no lo estaríamos. ¿Será verdad que los momentos malos alguna vez se terminan?

~        Supongo que sí.

Los primeros días lo hicimos como habíamos quedado. Yo me arrimaba para que me dieran comida y le llevaba todo lo que podía. De vez en cuando, ella se acercaba un poco y nos espiaba sin animarse a dejarse ver.

En una oportunidad, junto con los camioneros vino un niño. Según me explicó después, cuando lo vio desde su escondite, sintió una gran necesidad de acercarse a él.

¡Hacía mucho tiempo que no la acariciaba un chico!

Resolvió hacerlo. El niño la abrazó con amor y ella le retribuyó sus caricias.

Luego, jugamos con él durante un largo rato. Cuando llegó la hora de proseguir el viaje, Quique (así se llamaba el pequeño) no quería dejarnos y le pidió a su padre:

~        Papá ¿podemos llevarlos con nosotros?

Como comprenderán, yo no estaba dispuesto a irme con ellos, que viajaban en dirección contraria a la que yo debía ir, pero no fue necesario que yo me negara, porque el padre le dijo:

~        Imposible ¿Dónde los dejaríamos? En nuestro departamento no hay patio ni jardín.

~        ¡En lo de la abuela!

~        Ella tampoco tiene y, además, está enferma y no puede ocuparse de ellos.

~        Cuando la vea, le preguntaré y, si dice que sí, la próxima vez se los llevamos.

~        Bueno, si ella dice que sí veremos.

El niño se acercó a nosotros y se despidió con caricias y algunas lágrimas que rodaron por sus mejillas, cayendo sobre nuestras cabezas.

¡Que ternura la de Quique! ¡Por algo siempre me llevé bien con los chicos!

Si hubiese podido decirle que no tenía intención de buscar una familia que no fuera la mía, habría evitado que se fuera tan triste. Como no tenía el don de hablar con los humanos, sólo me quedó la posibilidad de mostrarle mi agradecimiento con mimos y gestos. Lo mismo hizo Linda.

El padre se acercó al camión, tomó algunos trozos de carne y los colocó en un recipiente que habían utilizado para traer su alimento. Luego nos indicó que fuéramos a comer.

Poco después subieron al camión y comenzaron la marcha. Linda y yo corrimos un trecho detrás de ellos mientras el niño se despedía sacando su mano por la ventanilla y agitándola en señal de despedida..

Cuando ya estaban lejos, volvimos al bosque, donde comimos y, juntos, dormimos una pequeña siesta.

Nos habíamos alimentado y habíamos  jugado hasta el cansancio y necesitábamos un descanso.

Y ustedes también se merecen un descanso, así que, por hoy, no les doy más charla.

 

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