Nuevo hogar

 

¡Hola! ¡Aquí estoy!

Como les dije la última vez que nos vimos, había llegado el momento más esperado de mi vida: aquel en el que se produjo el reencuentro con mi familia humana.

Mi corazón explotaba de alegría. Mi cuerpo temblaba. No podía creer que todos ellos estaban a mi lado.

Quería abrazarlos y lamerlos a todos al mismo tiempo, pero eso no era posible, por lo que me acercaba a uno, le apoyaba mis patas delanteras sobre los hombros, lo lamía, me retorcía, mi pedacito de cola se movía constantemente indicando mi alegría.

Cuando recibía suficientes caricias de ese, me acercaba a otro. Después de  hacerlo con todos, volvía a empezar.

Pequeña, mi amiguita, la gatita, me miraba asombrada. Ella no entendía que era lo que sucedía. Nunca había tenido una familia humana y no sabía lo que estaba pasando por mi interior. Quizás haya creído que había enloquecido, pero ese no era el momento adecuado para explicarle. Lo haría cuando estuviésemos tranquilos y solos.

Después de un largo rato, mi familia comenzó a despedirse de sus amigos, al mismo tiempo que les volvían a agradecer lo que habían hecho para lograr nuestro reencuentro.

Pero no vayan a creer que yo no lo hice. Antes de subir al auto, me acerqué a las amiguitas de mi familia y les di todos los mimos que pude.

Bueno... Sí, también los recibí. Yo las quería e, igualmente, ellas a mí.

Cuando terminamos, me abrieron la puerta para que subiera al automóvil. Observé donde estaba Pequeña y vi que la niña la tenía en brazos y supuse que la iba a llevar con nosotros. Eso me tranquilizó. No quería abandonarla a su suerte. Ella había sido mi compañera en momentos muy tristes  y teníamos que seguir juntos.

El nuevo auto era más grande que el anterior. Me imaginé que viajaría mucho más cómodo que antes.

Cuando subieron los niños, noté que habían crecido bastante por lo que, ahora, ocupaban más lugar y no iba a estar tan cómodo como pensaba.

Pero... ¿era primordial la comodidad en estos momentos? ¡Para nada! ¡Eso no tenía ninguna importancia!

Les puedo asegurar que, a pesar de tenerle terror a ese compartimiento cerrado que llaman baúl, hubiese viajado allí, si era necesario, para volver con mi familia.

Pero no fue así. Me acomodé junto a la puerta trasera y apoyé mi cabeza sobre las piernas de uno de los niños.

¡Qué placer! ¡Cuánto había soñado con ese momento! Y se había cumplido ese sueño. ¿Qué más podía pedir?

Cuando el automóvil comenzó a marchar, dirigí mi vista hacia Pequeña.  Me pareció que temblaba. Era muy probable ya que nunca había viajado. Ella había nacido en el campo y  había llegado hasta allí caminando a mi lado.

Acerqué, todo lo que pude, mi cabeza a la suya. Pensé que esa era una forma de indicarle que todo estaba bien, que no tenía que temer.

Volví a observarla. Nuestras miradas se cruzaron. Sus pequeños y lindos ojos parecían decirme: “Ya te entendí. Ya voy a tranquilizarme”.

Pero, parece que no sólo yo me di cuenta del temor que tenía Pequeña, porque la niña comenzó a hacerle caricias hasta que logró que el sueño la venciera.

Mientras tanto, el auto seguía su marcha. De vez en cuando, el niño que estaba a mi lado acariciaba mis orejas y, luego, mi cabeza, hasta terminar pasando su mano por mi lomo. Yo me estremecía y me apretaba a él para hacerle saber que nada había deseado más que esas caricias.

Después de un largo rato, me pareció que nos estábamos acercando a una gran ciudad. Más tarde, pude corroborar que así era ya que comencé a ver edificios de gran altura y gran cantidad de gente y de vehículos.

Durante el trayecto pasamos por un gran parque lleno de enormes árboles. Pensé que íbamos a parar allí para que yo pudiera..... bueno, Uds. se imaginan para qué quería bajar.

No fue así, por lo que para eso tuve que esperar un poco más, aunque no mucho ya que enseguida nos detuvimos delante de una casa que yo  no conocía, pero que me pareció muy linda.

Al frente tenía una gran reja de hierro, de color negro. Allí se distinguían una puerta y un portón, en lugar de solamente el portón como en la casa en la que habíamos vivido antes. Además, la reja no era baja como la anterior, sino que su altura era mayor que la del papá.

En la vereda había algo muy importante para mí: un gran árbol. ¿Se imaginan por qué era tan importante? ¡Seguro que sí!

Detrás de la reja, se veía un pequeño jardín, con algunas plantas y, especialmente, muchas flores.

¡Qué lindo era!

Cuando el auto se detuvo, el gran portón comenzó a abrirse sin que nadie lo tocara. ¿Quién era el mago que podía abrir el portón sin tocarlo?

¡Nunca había visto algo así!

Se hizo tarde. En nuestro próximo encuentro les seguiré contando. Nos vemos.

 

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