Nuevamente mi vida

 

¡Hola amiguitos!

Hoy vuelvo a las tristezas. Espero que me entiendan. Eso también fue parte de mi vida.

Después de la escapada, mi existencia fue aún más dura. La atadura era más fuerte; la cadena más corta y el trato, cada vez peor.

José se había enojado mucho y no me  perdonaba. No permitía que sus hijos jugaran conmigo, cosa que habían hecho muy pocas veces. Hasta evitaba que se me acercaran.

La comida me la traían él o su esposa y, prácticamente, me la tiraban.

Cuando José me dirigía la palabra era para decirme:

-        ¿Viste lo que ganaste? ¿Por qué no te escapas nuevamente? No te tratábamos tan mal como para hacer lo que hiciste. Vas a aprender…

o algo parecido.

No hay duda de que tenía razón. Me había portado mal y podía haberlo hecho quedar como una persona incapaz de cuidarme, pero debería haberme entendido. El cambio había sido muy grande, dramático, diría yo.

¿No les parece? Me doy cuenta de que están de acuerdo conmigo. Sus caritas me lo dicen.

De vez en cuando, el papá, con o sin los jovencitos, venía al campo y nos prodigábamos tantos mimos que parecía que todavía vivíamos juntos, aunque no fuera así.

Cuando llegaban, tenía la esperanza de que en esa oportunidad me dijeran:

-        Vamos King. Volvemos a nuestra casa. Se terminó este suplicio.

Pero nunca sucedía. La mamá seguía enferma, por lo que no me visitaba, y ellos se habían mudado a ese departamento que fue el causante de mi desgracia.

Era tanta mi desesperación por volver a estar con ellos que solía soñar que estábamos nuevamente en nuestra casa y que jugaba con los muchachos en el jardín, como lo hacía cuando vivíamos allí.

Al despertar, mi desilusión era terrible. Descubría que todo no había sido nada más que un sueño; que seguía estando solo en el campo y atado  como de costumbre.

Volvía a acostarme, tratando de seguir soñando, pero no lo lograba.

Una y otra vez, las cosas se repetían hasta que un día, cuando estaba deseando que vinieran a visitarme, llegó un hombre montando un caballo. Nunca lo había visto por ahí.

José salió a recibirlo. El hombre le dijo:

-        ¡Hola José! ¿Cómo estás?

-        ¡Hola Jacinto! Hace mucho tiempo que no venías a nuestra  casa.

-        Si, hace unos cuantos meses. Vine porque necesitamos alguien que nos ayude para desmalezar un campo y pensamos que podrías estar disponible.

-         Si no es por muchos días, cuenten conmigo.

-        ¡Qué lindo boxer  tienes!

-        No es mío. Me pidieron que lo cuidara porque se mudaron a un departamento y no pueden tenerlo allí.

-        Si quieres te lo puedo cuidar.

-        Con gusto te daría a este maldito animal. Nos llevamos muy mal. Lamentablemente vienen a verlo a menudo y no puedo deshacerme de él.

-        ¡Qué lástima! Me gustaría tenerlo conmigo.

-        Y yo sería muy feliz si pudiera dártelo. No lo puedo ni ver.

Luego, José le contó al visitante cual era el motivo por el que no me quería y éste me defendió diciendo algo que me pareció muy bueno:

-        ¿No te parece que si estuviéramos en su situación haríamos lo mismo?

-        ¡Si! Pero él no es igual que nosotros. Bueno… ya que te gustó tanto, voy a tratar de ver si puedo regalártelo. Ahora no porque los dueños están por venir. Después veré que puedo hacer.

-        ¿Te parece?

-        Si, voy a tratar de sacármelo de encima.

-        De acuerdo. Me voy. Recuerda que te esperamos el lunes a las ocho para comenzar ese trabajo del que te hablé. Saludos a tu familia.

-        Gracias. Lo mismo a la tuya. El lunes estaré allí.

El jinete partió y José, mirándome con rencor, me dijo:

-        Espero que te puedan llevar pronto. Creo que se nota que no te quiero.

Luego entró a buscar algunas herramientas y comenzó a arreglar una parte del cerco que se había roto.

Unos días más tarde, vinieron a visitarme el papá y los jovencitos.

Como comprenderán, no tuve la menor posibilidad de contarles lo que había pasado, ya que no sabía hablar el idioma de los humanos.

Sólo pude probarles, con mis gestos, que seguía queriéndolos como siempre. Sus caricias me hicieron comprender que eso era mutuo. Ellos tampoco me habían olvidado.

José, cuando venían a visitarme,  se hacía el bueno y no demostraba que no podía ni verme.

A menudo decía cosas parecidas a:

-        Se está portando mejor. Ahora ya no trata de escapar.

En realidad, no era que no trataba, sino que no tenía ninguna posibilidad de hacerlo. Si la hubiese tenido, lo habría intentado para estar cerca de mi familia aunque tuviese que vivir en la calle como ya lo había hecho en la costa.

Pero, me gustara o no, esa era mi nueva vida y nada podía hacer para cambiarla.

Por hoy no voy a seguir dándoles charla. Para tristezas ya fue suficiente. Nos vemos.

 

burro

Estaba triste como yo