Nueva Vida

 

¡Hola! Hoy quiero relatarles  una parte hermosa de mi nueva vida.

Después de varias jornadas, la familia se despertó algo más tarde que de costumbre. No sabía que era lo que pasaba, pero cuando noté que los niños no iban a la escuela, ni el papá a trabajar, lo descubrí.

Era una de esas en las que, salvo que se fueran a pasear, estábamos juntos todo el día.

Cuando vivíamos en la otra casa, el papá y los chicos se encargaban de arreglar el jardín, regar, pintar, etc. También era cuando más jugábamos y eso me gustaba.

Aquí, no fue así. Después de desayunar (yo también lo hice), me colocaron el pretal y la correa.

A pesar de que me habían demostrado su cariño y no pensaba que me alejarían nuevamente de ellos, me sentí intranquilo. No podía olvidarme de todo lo que me había sucedido y me intranquilicé.

¿Me dejarán en algún lado? – me pregunté

¡No! ¡No! – me contesté, interiormente, yo mismo - estoy seguro de que no me harán eso, pero...

Cuando uno de los niños se acercó al auto y abrió la puerta, me sentí peor. No sé cuál era el motivo por el que en ese momento tenía miedo de subir al coche, algo que no era habitual en mí. Me gustaba mucho pasear en él, junto a mi familia.

Cuando me preparé para ascender, el niño me dijo:

-         No King. Hoy no vamos a pasear en auto.

Tomó de allí una bolsa y cerró la puerta.

Quería saber que había en ella, pero me fue imposible.

Salimos de la casa y comenzamos a caminar. Al principio, la correa la llevaba el papá, pero uno de los chicos se la pidió. Seguramente fue para que yo estuviera más cerca de él. ¡Qué alegría!

Bueno...  no se sonrían. No es que era un engreído y pensaba que él me necesitaba a su lado. Era yo el que los necesitaba a ellos y, quizás, ellos también a mí.

Les sigo contando... enseguida llegamos a un campo muy grande, con muchos árboles y flores. No sabía que era. Me asusté un poco. No quería quedarme a vivir allí. Era muy lindo, pero me gustaba estar con mi familia.

Por suerte, no tardé mucho en desechar la idea de que volveríamos a separarnos y pude disfrutar del paseo.

Con el tiempo, aprendí que eso era un parque y que la gente, especialmente los niños, iba allí a disfrutar de la naturaleza y los juegos.

Comenzamos a recorrerlo y fui descubriendo cosas que formaban parte del mismo. Una de ellas me llamó la atención porque no la había visto nunca, a pesar de haber recorrido tantos kilómetros.

Era algo redondo que giraba casi continuamente. De su interior salía música. Cuando la música cesaba,  eso dejaba de girar y los chicos que estaban allí bajaban y subían. Los que ascendían, lo hacían con mucha alegría. Al descender, las caras cambiaban y, algunos de los más pequeños lo  hacían llorando, mientras los  padres o los abuelos trataban de consolarlos.

Sobre la parte redonda, había autos, carruajes y caballos. Lo raro era que los autos circulaban sin que sus ruedas giraran. Lo mismo sucedía con las carrozas.

Conocía los caballos por haberlos visto en el campo. No podía entender como estaban tan tiesos. No movían ni siquiera un ojo. Mucho menos las patas, pero, igualmente avanzaban.

¿Sería la misma magia que hacía que se abriera uno de los portones de la casa sin que nadie bajara del auto?

¡Nunca lo supe!

Estuvimos allí un largo rato. Disfruté mucho viendo como gozaban los chiquilines que viajaban en esa cosa rara.

Después, fuimos un poco más lejos. Allí vi elementos que ya conocía, como: hamacas, subi-bajas y otros juegos.

Algunos se parecían a los que había en el jardín de la casa en la que vivía antes, con mi familia. Otros, los había visto en campos o plazas por las que había pasado en mi larga caminata.

También descubrí una casona, como las que vi en muchos de los lugares por los que  anduve en esos momentos. Era muy bonita y muy, pero muy grande.

Seguramente, allí viviría mucha gente, ya que continuamente entraban y salían chicos y personas mayores.

Sin embargo, voy a ser sincero, lo que más me gustó de ese lugar fue....

¡Adivinen!

¡No! ¡Seguro que no lo harán!

Lo mejor de todo fue ver que allí, cerca de donde estábamos, correteaba un gran número de hembritas. Una más bonita que la otra, aunque ninguna me pareció tan hermosa como Gipsy. Y, tampoco, como Linda, la mamá de mis cachorritos, a la que había perdido de vista por esas cosas de la vida que un día les conté.

Traté de olvidarme de ellas y me conformé pensando que llegaría el momento en el que podría acercarme a jugar con estas bellezas. En esa oportunidad no pude, ya que, por ser el primer día que salía a pasear, no me dieron libertad para hacerlo.

Supongo que, como anteriormente había sido bastante bravo y no sabían los cambios que había producido en mi carácter todo lo que me había pasado, no se animaron a dejarme suelto.

Y, para ser sincero, lo prefería así. No quería correr el riesgo de perderme y volver a separarme de aquellos a los que amaba y necesitaba.

Después de recorrer gran parte del lugar, aunque no todo, nos detuvimos.

El papá se sentó sobre un tronco que se encontraba acostado en el suelo y uno de los chicos abrió esa bolsa que había tomado del auto y que tanto mi intrigaba.

De ella sacó una pelota con la que comenzaron a jugar.

Al ver mi desesperación por participar de ese juego, me quitaron la correa y pude hacerlo.

No sé si me van a creer, pero era bueno para eso. Había aprendido a empujar el balón con la cabeza y a sacárselo a los chicos. Luego, salía corriendo para evitar que ellos me lo quitaran. Siempre como parte del juego y nunca con la idea de quedarme con él.

Como verán, fue una mañana espléndida, no sólo porque brillaba el sol como nunca, sino por lo bien que lo pasé.

¿Brillaría el sol como nunca o lo vi así porque lo disfruté?

No lo sé, pero no es importante.

Cuando me dijeron:

-         ¡Vamos King! Es hora de regresar.

me di cuenta que mi estómago estaba protestando. La alegría de volver a jugar con los niños, me había hecho olvidar de algo tan importante para mí como la comida.

No quiero cansarlos, así que, por hoy, los dejo.

 

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La calesita