Nuestro alejamiento de mamá

 

¡Hola amiguitos! Nos volvemos a encontrar. Parece que les gustó que les contara mi vida. Eso es muy lindo. Disfruto mucho de estos encuentros.

Bueno, hoy les voy a narrar que pasó cuando éramos algo mayores.

Un día vinieron a vernos unos niños. Eran compañeros de las niñas de la casa. Jugaron un rato con nosotros. Luego, levantaron en brazos a una de mis hermanas y le hicieron muchos mimos. Después, dijeron que ella era la que más les gustaba.

¡Y era verdad! Yo sabía que era muy linda y siempre se lo decía.

Luego, les preguntaron a sus papás si podían llevarla. Los papás les dijeron que sí y se pusieron a conversar sobre el tema con los dueños de casa.

Pasó un largo rato y las visitas se fueron.

Y.. se llevaron a mi hermanita, a la que le habían puesto Dulce como nombre. ¿Qué pasaba? ¿Por qué no nos llevaban a todos a pasear?

Más tarde, escuché cuando las niñas, muy tristes, le decían a su madre:

-        ¡Mami! ¿Por qué dejaste que se la llevaran?

-        ¡AH! ¡Ah! Estaba segura que se venía una protesta, pero ya lo habíamos hablado. Uds. sabían que eso iba a suceder, porque ya lo hablamos muchas veces. La casa no es muy pequeña, pero tampoco tan grande para que todos vivan aquí. 

Seguían pasando los días. Nuestra vida no había cambiado. Extrañábamos a nuestra pequeña Dulce, pero igualmente jugábamos, comíamos y recibíamos mimos de mamá.

Un día, llegó a casa una señora muy joven

 Mientras jugaba, escuché que comentaba:

-        Como le dije, quiero darle una sorpresa a mi hijito. Va a ser su mejor regalo de cumpleaños. Hace mucho que me lo pide.

Yo no sabía de que se trataba, pero noté que nos miraba a mí y a mis hermanos.

Perdón... Se dice: a mis hermanos y a mí.

Después de un rato, tomó en brazos a Tom, que era el que se había acercado más a ella, y, haciéndole caricias, se alejó de nosotros. Bueno... Así nos dejó también Tom.

Nosotros seguíamos jugando, recibiendo mimos de mamá y las niñas. También crecíamos y mucho. Claro, nuestras comidas eran cada vez más grandes y ricas.

A veces, extrañábamos a Dulce y a Tom, pero nos consolábamos pensando que ellos estarían bien, porque, mientras se los llevaban, los llenaban de caricias y mimos.

Después de muchos días, vinieron a jugar con las niñas dos amiguitas que ya conocíamos. Entre mimos y juegos, una de ellas dijo:

-        Mi mamá nos dio permiso para que llevemos a casa uno de los cachorros.

-        ¡Qué suerte! Va a ser buenísimo tenerlo tan cerca. Podremos seguir viéndolo y jugando con él.

Contestó una de las niñas de la casa.

Y... ¿Saben a quién le tocó partir esta vez? A mí.

No fue muy grave. Cora y María Luisa, como se llamaban ellas, eran vecinas de mi primera casa, así que, a menudo, jugaban allí y nos mimaban.

Muchas veces, cuando iban a mi anterior hogar, me permitían acompañarlas. Allí veía a mis hermanos y a mamá. Ella me seguía dando muchos mimos. No se había olvidado de mí.

Una de las veces que volvimos, me enteré que también se había ido Colita, otro de mis hermanitos. Sólo Pinky quedaba con mamá. A ella nunca se la llevaron. Supongo que era para que ella no se quedara tan sola.

Bueno, mi nueva casa era más linda y más grande que la anterior, pero, a veces, igualmente extrañaba.

El haberme mudado tenía sus cosas buenas y sus cosas malas. Ahora estaba más solo y no tenía siempre los mimos de mamá. Ya no me lavaba mamá con su lengua, sino la mamá de Cora y María Luisa, con agua y jabón. ¡No era lo mismo!

Pero todas las caricias eran para mí. Me daban una comida muy, pero muy rica. Me llevaban mucho a pasear. A veces, caminando y otras, en auto.

¡Me gustaba tanto sentirme mimado!

Cuando las niñas se iban a la cama, me hacían un lugarcito y me permitían dormir un rato con ellas. A veces, en la cama de Cora y ,otras, en la de María Luisa. No quería que pensaran que tenía preferencia por alguna de ellas. Las quería mucho, tanto como ellas a mí, y no quería lastimarlas.

Después, cuando llegaba la hora de dormir, me hacían bajar de la cama. Eso ya no me gustaba tanto, pero me conformaba porque tenía una linda canasta, muy abrigadita y acolchada, en un rincón  de la habitación.

Allí descansaba el resto de la noche.

A la mañana temprano, despertaban a las niñas para ir al colegio y se terminaba mi sueño, aunque solo por un rato. Me gustaba bajar con ellas al comedor, ya que, mientras se desayunaban, me convidaban con alguna galletita. ¡Qué ricas eran!

Después que partían, me iba nuevamente a acostarme. En verano, iba al jardín y me tiraba al sol.

¡Lo disfrutaba tanto!

A veces, se asomaba un gato de una casa vecina. ¡Cómo me hacía enojar! Quería pegarle un pequeño mordisco para que no volviera, pero no podía alcanzarlo. Él corría y saltaba tan rápido que no podía agarrarlo.

Pero, no piensen mal,  yo no era tan malo y sólo quería darle un susto. Les voy a decir la verdad: me gustaba que viniera.

Me entretenía un poco tratando de alcanzarlo y sabía que él no quería hacerme daño. Solamente venía porque era curioso.

Veo que otra vez se nos pasó el tiempo sin que nos diéramos cuenta. Otro día les sigo contando.

 

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