¡Ya no me quiere!

 

Cumpliendo con mi promesa de seguir contándoles mis amores con  Morita, he vuelto.

Como les decía, Morita había decidido no dejarme ir más allá que  acariciarnos y jugar juntos. No me gustaba y pensé que  ya no me quería. Después de pensarlo un poco, reconocí que en eso mandan ellas, aunque creamos que no es así, y acepté su decisión.

Llegó la hora de irme. Nos despedimos con tristeza, pero sabíamos que no teníamos fuerza suficiente para conseguir quedarnos juntos cuando me daban la orden de partida.

Pasaron muchos días antes de que me llevaran a visitarla nuevamente. Las excusas eran: la lluvia, la falta de tiempo, etc.

No podía quejarme. No sabía como hacerlo. Solamente demostraba mi tristeza aguardando, desesperado, junto a la reja. Cuando me daba cuenta que ese día tampoco iba a pasar, me recostaba hasta quedarme dormido, con la esperanza de soñar con ella.

Una tarde, cuando menos me lo esperaba, me acicalaron y salimos a la calle. Comenzamos a caminar y descubrí que íbamos hacia la casa de Morita. La alegría que me produjo, hizo que comenzara a brincar como un cachorro, aunque ya no lo era.

Cuando llegamos, Morita y yo nos abrazamos y nos mimamos como nunca.

Ese fue un día muy especial, ya que ella me dijo que íbamos a ser padres.

¡Se imaginan! ¡Ella y yo padres!

Lo supe porque me lo dijo, pero todavía no se notaba que su cuerpo hubiera cambiado tanto como para adivinarlo con solo verla.

Después escuché  que la señora de la casa les decía a los niños:

-        La doctora dijo que Morita va a tener cachorritos y que está muy bien. Todavía no sabemos cuantos, porque no le hicieron la ecografía. La semana que viene lo sabremos.

Uno de ellos dijo:

-        Uno va a ser para nosotros ¿No?

A lo que le contestó:

-        Tienes que hablarlo con tu papá y mamá. Si ellos están de acuerdo, el más lindo va a ser para ustedes. Aunque, sabes, con estos padres, todos van a ser preciosos.

Me gustó mucho la idea de que uno de mis hijitos pudiera habitar en mi casa. Eso no es muy habitual entre nosotros y lo sufrimos, pero es el costo que debemos pagar por vivir con nuestras familias humanas.

Dicen que cuando nuestros antepasados no moraban junto a ellos y tenían su jauría, todo era distinto. Nuestras familias permanecían unidas. Los cachorros estaban más tiempo junto a sus padres.

Pero, también tenía sus inconvenientes. Ahora, ellos nos proveen el alimento. En aquella época,  debían cazar para comer y, cuando no podían lograrlo, pasaban hambre.

Volviendo sobre el tema, les comento que el saber que iba a ser papá, hizo que experimentara un montón de sensaciones que solamente había vivido una vez. Eso había sido cuando Linda me dio mis primeros cachorritos.

Estaba enloquecido de amor hacia Morita, parecía que el pecho me iba a estallar con cada latido de mi corazón. No sabía si correr y saltar, o seguir dándole mimos a la futura mamá. Quería ir al parque para contarle a mis amigos lo que estaba sucediendo y no sé cuantas cosas más.

Las alegrías que me proporcionaba mi nueva vida, hacían que ya ni recordara lo que había tenido que pasar para recuperar a mi familia humana.

Llegó la hora de despedirnos. Esta vez fue mucho más difícil que las anteriores y eso es mucho decir ¿No les parece?

Transcurrieron algunos días hasta que volví a ver a Morita pasar por mi hogar. Estaba algo más gordita, aunque no mucho e, igualmente, era hermosa.

Al terminar la semana, esperaba encontrarla en el parque, pero no fue así.

Allí les conté a mis amigos y amigas que iba ser padre. Casi todos me demostraron que la noticia los alegraba, pero algunas de mis amigas pusieron cara de disgusto. No sé el motivo, ya que estaba dispuesto a ser padre también con ellas, si me aceptaban.

¡No se burlen! ¡No es que soy un agrandado!

Entre nosotros, eso es normal. Un macho puede servir a varias hembras. Ninguna iba a ser lo mismo que Morita, pero no me iba a negar.

Al día siguiente, en lugar de pasear por el parque, me llevaron a visitar a Morita. Lo pasamos muy bien y esa vez traté de comportarme y no insistir en lo que sabía que ella no iba a aceptar.

¿Me entienden? ¿Se imaginan que esfuerzo tuve que hacer? Pero, lo importante fue que lo logré y disfrutamos esas horas juntos.

En otra oportunidad, sonó el timbre. Como de costumbre, salí corriendo hacia la puerta. Una vez allí, me quedé inmóvil. La sorpresa no me permitía reaccionar. Morita y la señora estaban entrando en mi casa. ¿Sería verdad? ¿Estaría soñando?

No, no soñaba. Cuando pude, fui a su encuentro. Nos abrazamos y nos mimamos. Ingresó a la casa. Corrimos juntos, por el patio, durante unos minutos.

Después, ella, jadeante, se echó para descansar. Ya no estaba tan delgadita. Su cuerpo había cambiado. Se notaba que se cansaba fácilmente. Su estado físico no era el mismo. Pronto iba a ser mamá.

Pero... deben creerme, para mí estaba más hermosa que nunca. Me resultaba difícil aceptar que, esa princesita y yo, estábamos a punto de tener hijitos y que no se trataba de un sueño.

Cuando se la llevaron, me senté junto a la reja, aguardando que regresara. Fue una espera inútil, pero me había quedado el recuerdo de los lindos momentos vividos.

Después, se hizo un vacío enorme en mi corazón. Por un tiempo, no volvimos a encontrarnos en el parque, ni en su casa, ni en la mía.

Sólo alguna que otra vez, pasaba frente a la casa y nos mimábamos. Supongo que ya no salía a pasear tanto como antes porque cada vez le costaba más caminar tantas cuadras como tenía desde su casa hasta la mía.

Otro de los motivos, podía ser que llovía muy seguido.

El clima se había puesto en contra nuestro.

Por hoy los dejo. No vemos.  

 

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Esperando a Morita