Mis vacaciones en la playa

 

 ¡Buen día chicos! Veo que hoy tengo un nuevo oyente.

¡Qué lindo!

¿Saben que los quiero mucho y no me gusta separarme de Uds.? Bueno, pero así es la vida. Cada uno tiene cosas para hacer y es necesario que las hagan.

Hoy les voy a contar sobre mis vacaciones.

Recién habían pasado esos días tan horribles en los que los niños y, a veces, los grandes, sin darse cuenta del daño que nos hacen, encienden lo que llaman fuegos artificiales. Seguramente Uds. los conocen.

¿Saben que cuando llega esa época casi no podemos dormir?

Esos ruidos nos ponen muy nerviosos. No entendemos como les puede gustar tanto.

En fin, también hay cosas que a mí me gustan y a ellos no. ,

Como les dije la vez pasada, mi familia ya se había acostumbrado a llevarme a la quinta cada vez que iba.

Yo había demostrado que sabía comportarme bien, como corresponde, y que los viajes en auto no me afectaban.

 Un día, vi que sacaban la ropa de los armarios y las ponían en valijas. Pensé que estaríamos por mudarnos de casa, pero veía que no tocaban la vajilla ni los muebles. Eso me tranquilizó un poco.

No quería mudarme. Tenía a mamá muy cerca. Ir a la quinta y volver estaba bien, pero irnos y no volver, sentía que no iba a gustarme.

Por la noche, nos fuimos a dormir como todos los días. A la mañana siguiente, oí cuando la mamá despertaba a las niñas. Afuera, todavía, estaba muy oscuro. Pensé que sería muy temprano. Quería seguir durmiendo. No tenía ganas de levantarme, pero había tanto movimiento que era imposible dormir.

Decidí ir a ver que pasaba. Primero, saqué de la canasta una de mis patas delanteras, luego, la otra. Hice un gran esfuerzo y terminé de incorporarme. No puedo decir que estaba totalmente despierto, pero salí de la habitación.

La familia desayunó y me invitaron a hacerlo, pero no lograba despertarme y no tenía apetito..

Más tarde, toda la familia se puso en movimiento, llevando valijas y bolsos al auto. ¿Qué pasaría? Todavía seguía sin haber logrado estar completamente despabilado y no podía entender lo que conversaban.

Cuando ya habían guardado todas las valijas y los bolsos, me invitaron a subir. Lo hice. Quería acostarme allí para seguir durmiendo. Y ¿saben? ¡Lo logré! ¡Cómo dormí!

Cuando me desperté, estábamos viajando bastante rápido. Ya casi no se divisaban casas. Sólo se veían campos, alambrados, árboles, vacas y algunos caballos.

¿Adónde me llevarían? Bueno, como sabía que me querían, no pensé nada malo. Y así fue.

Durante el viaje, paramos varias veces. Me daban de comer y beber y me dejaban acercarme a alguno de los arboles que estaban al costado de la ruta. Después de eso, seguíamos viaje.

En una de las oportunidades en las que paramos, me dejaron cuidando el auto y bajó toda la familia. Parece que esta vez fueron ellos los que querían comer, porque, cuando volvieron, me trajeron una medialuna. ¿Las conocen? ¡Me gustaban  tanto!

Bueno, después de mucho andar, llegamos a un lugar muy bonito donde estacionaron y comenzaron a bajar las valijas y los bolsos. Uno a uno los fueron entrando en una casita.

Cuando ingresamos, vi que no era tan linda, ni tan grande como la nuestra, pero, igualmente, era cómoda. Yo no iba a tener mi canasta. ¡No la habían traído! Para dormir, me ofrecieron un almohadón que me resultó bastante cómodo.

Después de un rato, el papá y las niñas salieron a caminar y me llevaron para que conociera el lugar. Era hermoso. Había pocos árboles, pero mucha, mucha arena, como la de la plaza. También había gran cantidad de agua. A la arena, la llamaban “playa”. Al agua, la llamaban “mar”.

Al principio, me llevaban con mi cadena. Tenían miedo de que me perdiera. Tenían razón. Algún día les voy a contar porque digo esto.

Mas tarde, me soltaron. Comencé a correr por la arena. Iba y venía. Me alejaba de las niñas y luego volvía corriendo. Ellas tomaban un palito y lo arrojaban lejos. Iba a buscarlo y  se lo entregaba para que lo volvieran a  tirar. Así una y  otra vez. No me imaginaba que iba a ser tan lindo. ¡Cómo lo disfrutaba!

Por último, llegamos cerca del agua. Tenía ganas de ir corriendo y entrar al mar, como veía que estaban haciendo muchos niños. Pensé que sería muy divertido. Pero... ¿Saben que pasaba? ¿Se lo imaginan? Me daba un poquito de miedo. No se lo cuenten a nadie, porque me da vergüenza.

¿A Uds. les pasó alguna vez? ¡No me mientan!

Por la noche, pensé que volveríamos a nuestro hogar. Pero no fue así. Cuando se puso oscuro, después que todos comimos, nos quedamos a dormir en nuestra nueva casa. No podía acostarme un ratito en la cama de cada una de las niñas, porque una estaba un poco alta. Ya no se encontraban una al lado de la otra, sino una encima de la otra y solamente me animaba a subir a la que estaba abajo.

Después, me fui a dormir sobre mi almohadón. Tampoco era lo mismo, pero igualmente lo disfruté.

Al día siguiente comenzó la verdadera vida de playa. Por la mañana, después de desayunar (me incluyo), salimos para allí, con bolsos y sillas. Nos ubicamos en un lugar no muy lejos del agua, pero donde la arena todavía estaba seca. Después... ¡Cuánto nos divertimos!

Yo corría y corría. Iba y venía, solo o con las niñas. Esta vez me animé a poner mis patas en el agua. Estaba agradable. El sol la había calentado un poco.

Cuando venía una ola fuerte, me asustaba y salía corriendo. ¡Que lindo era eso!

Mas adelante, fui conociendo nuevos amigos y amigas. La mayoría de ellos también estaban de vacaciones, pero algunos vivían allí. A veces me alejaba un poco con ellos, pero no mucho, porque sino me retaban. Tenían miedo de que me perdiera.

En varias ocasiones, mi familia me hizo subir al auto y fuimos  a pasear a lugares cercanos.

Cuando ya estaba pensando que el cambio era definitivo, vi que, antes de ir a dormir, volvían a poner la ropa en los bolsos y las valijas. Al día siguiente, temprano, subimos todos al auto y partimos.

No sabía hacia donde nos dirigíamos. Viajamos varias horas, parando dos ó tres veces. Por último, para mi alegría, vi que habíamos vuelto a nuestra linda casita.

Lo había pasado muy bien, pero ya extrañaba a mamá, mi casa y los amigos que había dejado allí.

Esta no fue la única ocasión que hicimos este viaje. Ya les voy a contar la próxima vez que nos encontremos, porque hoy nos hemos entretenido mucho y es hora de que vuelvan a sus casas.

¡Hasta pronto!

 

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Descansando después de correr por la arena