Mis paseos a la quinta

 

¡ Hola amiguitos! ¡Cuánto deseaba verlos!

¿Prefieren que hoy yo los escuche a Uds.? ¿No? ¿Quieren  que les siga contando mi vida? Bueno, entonces, vamos a empezar a hablar de esos paseos que tanto me gustaban.

Al amanecer de algunos de los días en los que el papá no iba a trabajar, todos se preparaban para salir, se subían al auto y partían. Yo me quedaba solo hasta la noche.

¿Si me ponía triste? ¡Claro que sí! ¿Cómo no iba a ponerme triste? Me gustaba jugar con las niñas y sus amiguitos y ese día no podía hacerlo.

Cuando regresaban, demostraba  mi alegría saltando y moviendo lo que quedaba de mi cola, esa que alguien, una vez, me había cortado para que fuera más lindo, sin preguntarme si quería que lo hiciera. Pero… bueno, ese no es el tema de hoy.

Les sigo contando:

En una oportunidad vi que se estaban preparando. Me imaginé que no iban a estar en casa durante todo el día. Pero esa vez no estaba dispuesto a quedarme solo.  No tenía ganas de hacerlo. Pensé y pensé... No sabía como lograr que me llevaran. De repente se me ocurrió. Vi la puerta del auto abierta y que todos estaban buscando cosas para llevar, subí y me escondí.

Cuando vinieron, creí que no me iban a ver, pero me equivoqué. Ya no era tan pequeño y enseguida me descubrieron. El papá me ordenó bajar. Yo me hice más chiquito. No quería quedarme. Las niñas me entendieron. Claro, eran muy buenas y nos habíamos hecho muy amigos. ¡Cómo no iban a entenderme!

Les pidieron a sus padres que me permitieran ir con ellos. No fue fácil, pero al fin lo consiguieron. El papá aceptó y  partimos.

No sabía dónde íbamos pero no me quería  quedar y por eso, agradecido, las llené de besitos durante todo el camino.

El viaje no fue del todo bueno. Si bien no era la primera vez que subía al auto, sí era la primera vez que hacía un viaje tan largo. A veces me sentía algo mareado, pero igualmente me gustaba. Era mejor que quedarme solo.

Después de un largo rato, se detuvieron. La mamá dijo que era bueno dejarme bajar un poquito. No quería que mojara el auto. Tenían razón. Yo estaba necesitando un árbol. ¿Se imaginan para qué?

Bueno, bajé y... hice lo que tenía que hacer. Después me dejaron corretear un poco y luego seguimos.

Mas tarde, llegamos a una casa muy linda, con un parque tan, pero tan grande que no podía creer que fuera real. ¡Pero lo era! Las niñas bajaron y me llevaron con ellas. ¡Qué hermoso lugar! Daba gusto vivir allí.

Al acercamos a la casa, descubrí a los tíos y los primos de las niñas. Los conocía de verlos en nuestro hogar. También había aprendido a quererlos un poquito. Me trataban bien y me hacían  caricias.

Después, me enteré que ellos no vivían siempre allí, que esa era una casa quinta donde pasaban muchos fines de semana. ¡Qué pena! ¡Era tan linda! Me hubiese gustado que todos nos quedáramos a vivir allí, aunque también quería mi casita, donde tenía cerca a mamá.

Les sigo contando:

Después de un rato apareció... 

¡Adivinen quién apareció! Apareció una linda perrita. Era Puqui, la mimada de la otra familia. Era hermosa. Toda blanca. Con mucho pelo. Tanto que parecía un pompón de lana.

Cuando la vi, pensé que iba a pasar un día muy lindo. Las cosas estaban cada vez mejor.

Pero, luego, noté que no era tan así. Puqui se sabía linda y era un poco... ¿Cómo se dice? ¿Agrandadita? ¿Pedante? Al principio no quería ni verme. Claro, yo no era como ella... blanco y con mucho pelo. Me sentí ofendido, Creí que ella iba a caer a mis pies y no fue así. ¿Qué se pensaba? Era muy linda, pero la belleza no es todo.

Gruñendo bajito, me fui hacia donde estaban los niños. Esperaba que se diera cuenta de lo que se estaba perdiendo y se me acercara.

Y así fue. Al principio, comenzamos a jugar con los chicos, pero ella por un lado y yo por el otro. Más tarde, nos fuimos acercando cada vez un poco más y, después de un rato, ya éramos amigos. Si bien la cosa no pasó a mayores, por lo menos pudimos entendernos mejor. Para ese entonces, ya había aceptado que entre ella y yo no había una atracción como la me contaron de papá y mamá.

Éramos de dos mundos diferentes. Eso se da también entre los humanos, ¿No es cierto? Bueno, son cosas de la vida. Ya llegaría el momento de hallar a la que sería la mamá de mis cachorros.

Con Puqui nos encontramos muchas veces, ya que, como me había portado muy, pero muy  bien... ¡Oh! Perdón, otra vez mi ego.  Bueno, dijeron que cada vez que fueran de visita a la quinta iban a llevarme y así lo hicieron.

¡No se imaginan cuanto me divertía! Lo pasaba muy bien. Jugaba, corría, recibía muchas caricias y veía a Puqui. ¡Qué lindo era eso!

Al anochecer, cuando ya estaba algo cansado, subíamos al auto y emprendíamos el regreso.

Al llegar a casa, estabamos tan agotados que todos nos íbamos  a dormir. Esa noche, ni siquiera andaba pasando de cama en cama antes de irme a mi linda canasta.

Bueno, hoy soy yo el que tiene que dejarlos. Nos vemos.  

 

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La quinta