Mis juegos con los niños

 

Aquí estoy. ¿Me esperaban? ¡No les iba a fallar!.

Hoy les voy a contar cosas alegres, por lo menos para mí.

Cuando Gypsy y yo todavía estábamos juntos, los días de sol, nos acostábamos, uno al lado del otro, en el jardín, disfrutándolo. Sólo interrumpíamos el descanso para gozar de nuestro exquisito almuerzo, ese que, con tanto cariño, nos preparaba la mamá.

¡Oh! Se me hace agua la boca cuando pienso en eso. Eran tan ricos, con esa sabrosa carne.

¿Saben? No, seguro que no lo saben. En esa época, todavía no existían los nuevos alimentos, esos que llaman “alimentos balanceados” y que dicen que son apetitosos y muy buenos.

Puede ser que lo sean, pero pienso que no hay nada mejor que esa comida que cocinan, con mucho amor, especialmente para nosotros.

¿No piensan lo mismo? ¿O prefieren las comidas preparadas a las que les hacen sus mamás?

¡Oh! ¡No me acordaba! Sí, una vez probé unas de esas comidas preparadas. Eran unas galletas muy sabrosas, especiales para nosotros.  Me las arrojaban y las atajaba en el aire, tragándolas sin masticar.

¡Me comí una caja entera!

Pero, parece que no fueron del todo buenas o comí demasiadas, ya que al rato comencé a hacer tanto pis que creí que iba a inundar el jardín.

Seguro que se dieron cuenta de ello, ya que nunca más me trajeron ese tipo de galletas.

Bueno, les voy a seguir contando como seguía nuestro día.

Después, como sabíamos que se acercaba el momento en el que los niños volverían del colegio, nos acostábamos al lado de la cerca para verlos llegar.

Cuando aparecían, empezábamos a manifestarles nuestro cariño brincando, ladrando y moviendo sin descanso nuestras pequeñas colitas.

Ellos nos acariciaban demostrando que también estaban contentos de vernos y de que los recibiéramos con alegría.

Luego de jugar un rato con nosotros, se sentaban a almorzar y nosotros nos quedábamos a su lado, esperando ese bocadillo que sabíamos que íbamos a recibir como premio por nuestras demostraciones de afecto.

No vayan a creer que nuestras señales de cariño eran para que luego nos premiaran. No, era porque realmente los queríamos y era la única forma que teníamos de hacerlo notar.

Cuando terminaban, salíamos al jardín y allí comenzaba la hora del juego con ellos. La niña prefería a Gypsy y los niños a mí.

Todo empezaba cuando alguno de ellos me tiraba un palito o una pelota para que la fuera a buscar y se la trajera. Después, la volvían a tirar y yo la iba a buscar.

Si dejaban de tirarla, comenzaba a saltar y ladrar frente a ellos, pidiéndole que siguiéramos jugando.

Nunca me cansaba de este juego, porque me gustaba mucho. Cuando ellos ya no tenían más fuerza para seguir jugando, yo me ponía furioso y comenzaba a morderlos, vengándome por ello.

¿Me creyeron? ¡Era sólo una broma! ¿Cómo los iba a morder, si los quería?

Bueno, sólo era una broma eso de que me ponía furioso y los comenzaba a morder vengándome de ellos.

Es verdad que los mordía, especialmente a uno de ellos, pero era otra etapa del juego.

Ambos comenzábamos a luchar. Él trataba de tomarme entre sus brazos y yo trataba de liberarme. Después de un rato, él se tiraba al suelo y yo tomaba sus brazos o manos entre mis dientes.

Él trataba de soltarse y yo de no largarlo. Si lograba zafarse, volvía a tomarlo. Así jugábamos una y otra vez.

Pero no se asusten. Nunca apreté mis mandíbulas de modo de que mis dientes le hicieran daño. Tampoco utilicé mis uñas para lastimar a alguno de los miembros de mi familia.

Mi cariño por ellos estaba por encima de todos mis juegos y mis enojos.

Como Uds. saben, el que no me enojara no era porque no fuera capaz de ello. Ya había demostrado que tenía bastante carácter, pero eso no era válido para mi familia, sino para todos aquellos que quisieran hacerles daño.

Bueno. Ya les di bastante charla. Los dejo.

 

 

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Jugando con los niños