Mi sueño

 

Sabía que estaba muy cerca de mi antiguo hogar porque reconocía muchos de los lugares por los que pasaba.

Como tenía que cuidar a mi amiguita, a pesar de la urgencia por encontrar a mi familia humana, seguíamos marchando de noche y escondiéndonos de día.

Siempre conseguimos algún terreno baldío con altos pastizales que nos permitían pasar inadvertidos.

Muy de vez en cuando, aparecía algún visitante que era atraído por el olor que despiden nuestros enemigos, los gatos. Por suerte, en ningún caso, el desconocido tenía un carácter tan malo como el de aquel sobre el que les hablé la vez pasada y me resultaba fácil convencerlo de que debía retirarse sí o sí, sin ninguna otra alternativa.

Después de haber pasado por alegrías y tristezas, logramos llegar al pueblo con el que soñaba: Mi pueblo.

Enseguida me encaminé hacia el lugar donde estaba ubicada la casa.

Llegamos de noche La casa estaba a oscuras. Sólo la luz del frente estaba encendida. La calle estaba desierta.

Como la reja, que separaba la vivienda de la vereda, era muy baja, nos fue posible ingresar al jardín sin dificultad.

Decidí que debíamos pasar lo que restaba de la noche en un rincón del mismo que quedaba al frente. En aquel lugar acostumbraba a dormir la siesta cuando vivía allí. Los recuerdos y los sueños me atraparon y emocionaron.

Al llegar la hora en la que sabía que los chicos partían hacia el colegio, me acerqué a la entrada.

Para mi sorpresa, cuando se abrió la puerta, salieron de la casa dos niños que yo no conocía.

Cuando me vieron, se asustaron y volvieron a entrar. Salieron acompañados por una señora, que me echó diciéndome:

-        ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Maldito perro! ¡Ésta no es tu casa!

Me di cuenta que la pobre señora no tenía la menor idea de quién era yo y, seguramente, mi cara y mi aspecto, que no era de lo mejor después de tanto viaje, la asustaron.

La comprendí y, como no me era posible explicarle quien era, me alejé unos metros para evitarnos nuevos disgustos. Ni bien los chicos y la señora desaparecieron, Pequeña vino a mi encuentro.

A los pocos minutos, vi aproximarse a dos jovencitas que reconocí a pesar de estar muchos más grandes que la última vez que estuve con ellas.

Se trataba de dos amigas de mi familia que pasaban muchas horas jugando en la casa.

Cuando me vieron, una de ellas, con sorpresa, le dijo a la otra:

-        ¡Mira! ¡Es King!

-        ¡Qué va a ser King! –le respondió su hermana- Está con un gato y King los odiaba. Se parece mucho pero no puede ser él.

-        ¡Te digo que es King! ¡Vamos a decirle a mamá!

-        No perdamos tiempo. Nos tenemos que ir ya para no llegar tarde.

-        ¡Yo no voy! Voy a decirle a mamá. No puedo dejarlo aquí. –insistió la joven mientras me hacía señas para que me acercara- ¡King! ¡King! Acercate. Quiero acariciarte.

Me acerqué y comenzó a hacerme mimos, los que devolví de corazón. Hacía mucho que no me pasaba una cosa así.

La hermana, ya sin la seguridad que se notaba que tenía hasta ese momento, le expresó:

-        Vamos a decirle a mamá, por las dudas. Estoy casi segura que va a decir  que no es.

Ingresaron nuevamente en la casa y volvieron acompañadas por su madre. Ella, dirigiéndose a mí, dijo:

-        ¡King! ¡King! ¡Sí que es King! ¿Qué te pasó? ¡Se te ve tan mal!

No podía contarle todo lo que me había pasado. No sabía hablar con los humanos.

Me acerqué buscando mimos y los conseguí. Pero no me quedé quieto. Apoyé mis patas delanteras sobre el cuerpo de la señora y comencé a lamer su rostro, sus orejas y sus manos. Lo mismo hice con cada una de las jóvenes. Más no podía hacer.

Es imposible seguir describiéndoles ese momento. La emoción no me deja hacerlo.

Una de las hermanas le dijo a la otra:

-        ¡Viste! ¡Te dije que era King! ¿Qué me dices ahora?

-        No podía creer que King estuviera con un gato. Nunca los había aceptado. ¿Qué vamos a hacer, mamá?

-        Lo primero que haremos, será llevarlos a casa para darles de comer.

-        ¿No le vas a avisar a la familia? –dijo una de las jóvenes.

-        ¡Por supuesto! Sabes que tengo que hacerlo, pero antes vamos a bañarlo. No quiero que lo vean así porque van a sufrir mucho.

-        ¿Y el gato? ¿Qué haremos con él?

-        La gata, querrás decir, porque es una hembra. También la llevaremos a ella. Por lo visto son amigos y no los vamos a separar. Sería injusto –contestó la mamá.

Nos invitaron a entrar. No me opuse. Pequeña, al verme tan seguro, me siguió.

Estábamos necesitando comer, pero lo más importante era haber encontrado la casa. Ahora me faltaba dar con mi familia.

Después de alimentarnos, me llevaron hasta una pileta donde me dieron un hermoso baño. Cuando le tocó el turno a Pequeña, ésta se opuso tenazmente, por lo que desistieron.

La entendí. Nunca había tenido una familia y los únicos baños que había tomado eran aquellos que no pudo evitar cada vez que la sorprendió la lluvia sin un refugio adecuado.

Les aclaro que en ella no se notaba la falta de agua y jabón ya que, como hacen todos los gatos, Pequeña se pasaba muchas horas del día limpiando su cuerpo.

¿Vieron como lo hacen? ¿No? Se mojan la pata con saliva y se frotan la cara y la cabeza. Luego, con la lengua, se van limpiando todo el cuerpo. Si tienen agua limpia disponible, a veces, en lugar de hacerlo con saliva, mojan su pata con ella.

Cuando terminaron de secarme con una toalla, la gatita y yo nos echamos a descansar justo donde los rayos de sol iluminaban una parte del patio de la casa.

La mamá ingresó a la vivienda, mientras las jóvenes nos hacían compañía.

Cuando estaba empezando a asustarme porque no les oía hablar más de avisarle a mi familia, la mamá volvió a  salir y les dijo a las niñas:

~        ¡Ya les avisé! Tan pronto como el papá salga de su trabajo, vendrán para aquí.

Esas palabras sonaron en mi cabeza como el repiqueteo de pequeñas campanitas.

Ese reencuentro era, desde hacía mucho tiempo, parte de mis sueños.

Puede que me odien por lo que les voy a decir, pero, por hoy, los voy a dejar.

 

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