Mi primera gran picardía

 

¡Hola chicos! ¡Qué gusto me da que volvamos a encontrarnos!

Hoy les voy a contar que sucedió en mi siguiente viaje a la costa.

Llegó otra vez la época en la que los humanos encienden esos cohetes que, como ya les conté la vez anterior, tanto mal me hacían. Dos o tres días después de la noche en la que oí más ruido que nunca, vi que comenzaban a poner la ropa en bolsos y valijas.

Trataba de escuchar que iba a pasar conmigo. No sabía si me iban a llevar o no. Creía que la vez anterior me había portado muy bien y  que, teniendo en cuenta eso, no me iban a dejar solo en la casa. Pero... uno nunca puede estar seguro de que realmente se portó muy bien.

Bueno. Parece que así fue, porque, a la mañana siguiente, me llamaron temprano y me dieron un desayuno, aunque no tan suculento como el de costumbre. Después, me invitaron a subir al auto y partimos.

Sobre el viaje no les cuento, porque todo sucedió como la vez anterior. Pasamos por los mismos campos, vimos vacas y caballos, e hicimos varias paradas. Algunas de ellas eran para evitar que yo les mojara el auto. ¿Me entienden?

Llegamos a la costa. La casita no era la misma del año anterior, pero también era linda.

Pasaron los días. Este año, en lugar del palito, me arrojaban una pelota que habían comprado para mí. ¡Qué lindo!

Yo iba a buscarla y la traía. La volvían a arrojar y yo volvía a traerla. En fin, lo estaba pasando muy bien hasta que... ¿Saben que pasó? No, yo sé que no lo van a poder creer.

A veces uno no piensa lo que hace y  eso fue lo que pasó.  Con dolor, aprendí que no pensar y no escuchar me podían acarrear muchos problemas en la vida.

Paso a contarles...

Un día, por la tarde, después de volver de la playa, mientras mi familia estaba distraída, aprovechando que la puerta había quedado entreabierta, me asomé. Por la vereda de enfrente, vi pasar algunos de mis compinches del verano, entre los que estaba una damita que me gustaba mucho y con la que nos habíamos hecho más que amigos.

Tenía ganas de pasear con ellos y,  despacio, para que no me vieran, me fui alejando. Corrí y paseé mucho con ellos, tanto que no me di cuenta que pasaban las horas. Llegó la noche, un nuevo día y una nueva noche y seguíamos jugando y corriendo. Entrábamos un poquito en el mar. Cuando se nos mojaba la panza o venía una ola, salíamos corriendo, porque nos daba un poco de temor. Así una y otra vez.

Cuando el sol estaba bastante alto y la gente estaba yendo a la playa, decidí volver a la casita para encontrarme con mi familia y, a decir verdad, para que me dieran algo de comer, porque estaba hambriento. El día anterior habíamos comido lo que habíamos encontrado y no era mucho.

Al llegar, descubrí que en el lugar había gente que no conocía. Cuando tropecé con uno de mis amigos, que no había participado de nuestra escapada, le pregunté:

-        ¿Sabes algo de mi familia? Parece que no están en la casa. Hay gente que no conozco.

Él me contestó:

-        Los vi irse en el auto en dirección a la ruta. Llevaban valijas y bolsos sobre el portaequipaje. Me parece que se fueron.

-        ¿Se fueron? ¿Y yo?

-        No sé nada al respecto. Espero que me haya equivocado.

¿Qué había pasado? ¿Me habrían dejado allí? ¿Por qué lo habrían hecho? ¿Me habría portado tan mal? ¿Volverían a buscarme?

¡Cuántas preguntas me hacía! Estaba desesperado. Había hecho una diablura, pero no creía que fuera para tanto. ¡Perder una familia por una escapada no era  justo!

Más tarde, le pregunté a otros amigos que tampoco habían ido de paseo con nosotros. Uno de ellos me dijo:

-        Tu familia te estuvo buscando desesperada por todos lados durante un día entero. Te llamaban a los gritos. ¿No los oíste? ¿Dónde estabas?

Otro agregó:

-        Las niñas lloraban y corrían de un lado para otro, tratando de encontrarte. Los padres les decían que ya no podían hacer nada y que, lamentablemente, debían partir para que el papá pudiera volver al trabajo. ¿Por qué no volviste?

-        Estaba muy lejos y no me enteré de lo que estaba pasando. Me voy a ver si tengo la suerte de ubicarlos.

Mi desesperación iba en aumento. Pensaba si podría encontrarle una solución a este problema. Realmente, no se me ocurría nada. Sabía que no era posible volver a mi hogar corriendo. Estaba muy lejos y no sabía por donde ir.

Pregunté a mis amigos. Ellos tampoco podían decirme que hacer. Sólo me dieron esperanzas de que volvieran a buscarme. Yo también lo pensaba así.

Pasaron los días y no regresaban.

Mientras tanto, me reunía con mi pandilla. Seguíamos con nuestros juegos y nuestras largas caminatas por la playa. Algunos de ellos nos fueron dejando. Habían terminado sus vacaciones y volvían a sus casas.

 ¡Cómo los envidiaba!

Ante la falta de una solución mejor, para aliviar mi dolor, comencé a pensar que  eso no era tan malo ya que ahora me mandaba solo. Ya nadie me decía lo que tenía que hacer. Extrañaba mi familia, pero tenía a mis amigos y, sobre todo, a mi perrita.

Después de unos días, también ella tuvo que alejarse. Eso me provocó un nuevo dolor.

Como consuelo, de vez en cuando, recibía una caricia de algún niño que pasaba a mi lado. A algunos, los conocía; a otros, nunca los había visto. Vuelvo a insistir, eso no era tan malo, pero... sí hay un pero.

No era tan malo, los primeros días, cuando gozaba el momento de libertad, sin pensar en otra cosa pero, luego, me fui dando cuenta de lo que había perdido, de que esos momentos me estaban costando muy caro.

Yo tenía mi libertad, pero había perdido mi familia, sus caricias, mi linda casita y muchas cosas más. Ya no tenía a mi disposición toda la comida que quería, como pasaba antes.

Solamente podía comer cuando, revolviendo las bolsas de basura, encontraba algo que fuera comestible. Los días de lluvia debía buscar donde guarecerme. Tuve suerte porque no me pasó en invierno y no tuve que soportar el frío. Cómo verán, eso era muy duro.

Después de muchos, pero muchos días, empecé a tener problemas de salud. Mi pelo se comenzó a caer. Claro, lo que comía no era lo que debía comer.

No se imaginan lo arrepentido que estaba de haber hecho la diablura de irme por más de un día. Lamentablemente, eso ya no podía remediarlo.

Así llegué a entender que la vida junto a quienes queremos nos obliga a hacer algunos sacrificios. A veces se trata de dejar de hacer algunas cosas que nos gustan pero que no gustan a los demás. Otras, de hacer cosas que les gustan a los demás pero no nos gustan a nosotros.

Después de lo que tuve que pasar, me hice el firme propósito de portarme muy, pero muy bien, si encontraba una nueva familia.

He escuchado que esto también le pasa a algunos niños que se enojan con sus padres y deciden no volver a sus casas.  Luego, no les va muy bien y no saben cómo hacer para retornar allí. A veces, tienen suerte y lo logran. Otras veces no y, entonces, pasan frío, hambre, les falta el amor de sus padres y sus hermanos, y mucho más.

Como se habrán dado cuenta, la vida me enseño con mucha dureza que es lo que no se debe hacer. Creo que éste fue el peor momento de la mía.

Bueno, hoy me he extendido mucho. Supongo que les resultó interesante, porque no les veo cara de aburridos.

¡Nos vemos!

No se vayan preocupados, porque mañana les voy a contar como mejoraron las cosas

 

 

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Jugando en la playa