Mi primer gran enojo

 

¿Cómo están chicos? ¡Que lindo! Hoy sólo veo caritas sonrientes. Eso me gusta mucho.

Voy a confesarles algo que me da mucha vergüenza, pero me comprometí a ser honesto y contar todo.

Como les dije, Gypsy y yo ya formábamos una pareja. Todo el día nos colmábamos, a nuestra manera,  de besos. Me gustaba mucho recibirlos, pero también darlos.

Pero… ¿saben? Siempre fui un poco celoso.

Bueno… es verdad, no un poco, sino muy celoso. El  día en el que pasó lo que les voy a relatar, habíamos estado jugando con los tres niños en el jardín. Aparentemente, era un día feriado, ya que todos estaban en casa .

Se darán cuenta que de eso no entiendo. Nunca supe manejar lo que Uds. llaman almanaque.

Tampoco aprendí a usar un reloj. Me gustaría, pero así es la vida. Nosotros sólo sabemos si es de día o de noche y  si hace frío o calor, pero no la hora,  el día, etc.

¡No! ¡Perdonen! También sabemos cuando es el momento de comer, pero no por el reloj, sino por nuestro estómago. En esto último no diferimos mucho de los bebés. Ellos tampoco conocen el reloj ni el calendario, pero saben cuando tienen que comer.

Algunos de nosotros también tienen  un don especial que les permite saber cuando se acercan determinados momentos. Por ejemplo: que ya  llega aquel en el que, habitualmente, los chicos vuelven del colegio o el papá del trabajo.  No me pidan que les explique como lo hacen, porque no lo sé. En mi caso, ese don prácticamente no existió.

Volviendo a lo que pasó...

Después de un rato, vi como la niña, que siempre mimaba más a Gypsy, le estaba haciendo un montón de caricias.

Me puse mal. Tenía dos razones. La primera, porque a mí no me las hacía y, la segunda, porque no quería que nadie tocara a Gypsy. La había conquistado y ella era sólo mía. No le pertenecía a ningún otro. No era posible que Gypsy recibiera mimos que no fueran los míos...

¿Qué estuve mal? Por supuesto. Ahora lo sé, pero en ese momento me pareció que lo que quería era lo más natural del mundo.

¿Alguna vez les pasó? Seguro que sí. Es terrible ¿No les parece? Uno no piensa y sufre sin ningún motivo. Los celos dominan el cerebro.

Como me había enojado, comencé a gruñir y mostrar mis dientes. La verdad es que le gruñía y le mostraba los dientes a la niña. Ella se asustó mucho y lloró.

Tenía razón. Mi boca era enorme y mis colmillos, si lo intentaba, podían hacer mucho daño. Estaba seguro de que no iba a llegar a ello, porque los quería y, además, no deseaba perder mi nuevo hogar. Lamentablemente, los demás no lo sabían. Sólo percibían que yo estaba enojado, gruñía y  amenazaba.

¡Qué mal estuve! ¿Se dan cuenta porque les dije que contarles esto me daba un poco de vergüenza?

Cuando el papá oyó llorar a la niña, salió al jardín. Al saber lo que pasaba, se enojó mucho conmigo. Lejos de agachar la cabeza y retirarme,  como hacía cuando no estaba tan furioso, comencé a gruñirle también a él.

En ese momento me olvidé por completo que podían dejar de quererme. Como les dije antes, ya no pensaba. Hacía las cosas porque sí y, por eso, las hacía mal.

Fíjense, con semejante actitud ellos podían llegar a considerar que los iba a atacar. Por suerte, parece que no lo pensaron o, por lo menos, el papá no tuvo miedo de que así fuera.

Me tomó del collar y me puso la cadena. Luego me llevó a un lugar apartado de los chicos. Allí comenzó a retarme. Yo seguía enojado y continuaba gruñendo.

Él seguía retándome. Yo seguía gruñendo. Por último, me di cuenta, de que yo había estado muy mal y podía perder todo lo que había logrado. No había ganado nada con mi actitud, sino que me habían atado al lado de la casita y podía ser que me dejaran allí para siempre.

Uds. saben que me gustaba más dormir dentro de la casa.

También podía suceder que me arrojaran a la calle. Cualquiera de los dos castigos no me iba a agradar.

Dejé de gruñir, pero pensé que eso no era suficiente. Bajé la cabeza, como pidiendo perdón, porque no sabía hacerlo de otra manera.

Ya no me retaba. Me  estaba hablando con otro tono. Me prometí a mí mismo no volver a tener actitudes como esa.

Tenía que agradecer que me habían dado una casa y una familia que me gustaban y, sobre todo, a Gypsy.

Créanme, hice muchas otras cosas de las que luego tuve que arrepentirme, pero nunca repetí esta actitud.

Lo que me sucedió, me enseñó que en la vida hay reacciones que no son buenas y que hay que evitarlas aunque estemos muy, pero muy enojados.

Los dejo. Nos vemos.  

 

mi_primer_enojo

Consecuencias de mi enojo