Mi nuevo hogar

 

¡He vuelto! ¿Me esperaban? Seguro que sí.

Ya les conté que llegamos a la casa de Jacinto, donde nos recibieron su mujer, sus hijos y sus perros.

Me liberaron de la cuerda con la que estaba atado y me ofrecieron comida, la que acepté con mucho gusto. Después, se acercaron los niños y me hicieron algunas caricias, aunque con un poco de recelo porque no me conocían y no sabían como iba a reaccionar.

Como se imaginan, después de haber pasado todo ese tiempo recibiendo sólo caricias cuando mi familia venía a visitarme, las acepté con mucho agrado y traté de retribuirlas de la mejor manera posible.

Los perros de la casa, mientras tanto, se mantenían atentos, esperando conocerme más y, seguramente, sintiendo un poco de celos.

Eso no me asombraba ya que yo,  en su situación, habría sentido lo mismo.

No hace falta que muevan sus cabezas asintiendo. Me conozco.  Estoy seguro de cual hubiese sido mi forma de actuar y nunca los he engañado al respecto.

Al terminar mi comida esperaba el momento en que iban a quitarme mi libertad atándome nuevamente. Con asombro, vi que nadie intentaba  hacerlo.

Comencé a husmear por los alrededores, tratando de conocer mi nuevo hogar.

La vivienda era una linda casa de campo. No tan grande como otras que había visto, pero sí que la de José.

Cerca de ella, rodeado de árboles, se encontraba un galpón donde se guardaban arados y otros implementos que se utilizaban para trabajar la tierra.

Junto a ese depósito, había otro, donde se encontraban un sulky y los caballos que utilizaba Jacinto para su traslado y el de su familia.

Allí había también un lugar para los pollos y gallinas que criaban y que estaban destinados a la alimentación de la familia, lo que incluía a los pichicos.

Al llegar la noche, descubrí que ese era el sitio donde pasaría las noches y que ninguna atadura impediría mi libre desplazamiento entre él y el campo aledaño.

Mi vida había mejorado con respecto a la que tenía en la casa de José. Para ser feliz sólo me faltaba la compañía de mi familia a la que tanto añoraba.

Mi relación con las mascotas de esta familia mejoraba día a día. Ellos me habían aceptado y yo trataba de no ocasionar problemas, para evitarme disgustos.

Como habrán notado, todo lo que me pasó me enseñó a pensar antes de actuar.

Siguiendo con mi relación con ellos, les aclaro que todo estaba bien mientras no llegaba la hora de la comida. En ese momento había algunos cambios.

No teníamos platos individuales, sino que la colocaban en un gran recipiente del que comíamos todos.

Como era el último que llegó a la casa, los otros consideraban que tenían derecho a comer primero y yo sólo podía comer lo que sobraba.

A veces era suficiente. Otras no.

Si hubiese querido, podría haber hecho valer mi cuerpo y mi mandíbula para lograr otro trato en ese momento, pero consideré que no era conveniente.

¡Qué cambio! ¿No les parece?

 A la mañana siguiente, muy temprano, me desperté y vi que estaba sólo. Me acerqué a la entrada del galpón y descubrí que Jacinto estaba cerca del mismo, ensillando su caballo.

Mis compañeros, que conocían los horarios que yo todavía no había aprendido, le estaban haciendo compañía.

Me acerqué a ellos y, al rato, salimos a recorrer el campo. Con el tiempo supe que Jacinto hacía esta recorrida para ver si todo estaba en orden.

A media mañana, volvíamos a la casa, donde Jacinto y su esposa tomaban mate, mientras nos convidaban con algunos pequeños bocadillos.

Ese era también un momento de alguna tensión, ya que, nuevamente, tenía que hacer un gran esfuerzo para no reaccionar cuando mis compañeros se adelantaban para tomar todo lo que podían, dejándome sólo unas migajas.

Enseguida volvíamos a salir, pero normalmente con algunas de las máquinas que estaban en el galpón.

Mientras Jacinto hacía su trabajo, nosotros le hacíamos compañía y cuidábamos que nada le pasara.

Regresábamos a la hora del almuerzo y, luego de una pequeña siesta, otra vez al trabajo.

¡Sí! ¡Ya sé! Yo no trabajaba. Jacinto lo hacía. Nosotros únicamente lo seguíamos.

Después llegaba la hora de nuestra comida.  Un nuevo momento de tensión, pero sin consecuencias graves, como ya les conté, gracias a mi autodominio.

¡Oh! ¡Que falta de modestia! Perdonen, no era mi intención. Se me escapó.

Después de comer, dormitábamos un poco y luego nos poníamos a correr y jugar. Normalmente, los chicos salían y jugaban con nosotros.

Ese era la etapa que más me gustaba, porque, además de jugar, recibíamos mimos y caricias que retribuíamos como nosotros sabemos hacerlo.

Cuando llegaba la noche, como estaba algo fresco, entrábamos al galpón y nos acurrucábamos en un rincón.

Si hacía falta, nos amontonábamos y nos dábamos calor uno al otro.

Mi vida había cambiado. Todo estaba mucho mejor que en la casa de José. Ya no tenía que aguantar su mal humor y jugaba con niños como me gustó siempre.

Sólo me hubiese ido de allí para estar con mi familia. Al inicio de cada día esperaba que ese fuera el de mi retorno.

Los dejo. Nos vemos.

 

 

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Hermoso lugar, pero me faltaba mi familia. ¡No podía disfrutarlo!