Mi nueva casita

 

 ¡Hola chicos!  Seguro que me estaban esperando. La última vez que nos vimos los dejé un poco intrigados ¿no?

Bueno, les cuento. Al oír el timbre, los dos niños y la niña de los que les hablé cuando les comenté que había encontrado una nueva familia, salieron corriendo de la casita.

Detrás de ellos, salió también la mamá. Parecían  estar muy contentos por volver a verme.

Por supuesto, yo también.

¡Me había  asustado tanto cuando me separaron de ellos!

A decir verdad, yo no pensaba que nos encontraríamos nuevamente. Había temido lo peor. Por suerte, no fue así.

Como ven, no todo en la vida es tan malo como creemos. A veces, nos desesperamos o enojamos pensando en que todo nos va mal y, con ello, nosotros mismos nos creamos un mal mayor.

No quiero pensar en lo que hubiese sucedido si, enojado, atacaba a quienes me transportaron en el camión.

Seguramente no estaría disfrutando de ese lindo momento. ¿No les parece?

Les sigo contando.

Detrás de ellos apareció una perrita. Se parecía mucho a mí, pero era algo más pequeña y más gordita. También era mucho mas linda.

¡Era una dama!

A primera vista me gustó. Van a pensar que era  enamoradizo... y es verdad. En realidad todos los pichichos lo somos.

Parece que ella no lo era tanto. Me miró con desconfianza. Dio vueltas a mi alrededor. Me olió. Por último, se alejó como no queriéndome dar importancia.

¿Se habría puesto celosa por la alegría demostrada por los niños? Si era así, tenía razón. Yo hubiese hecho lo mismo. Hubiese tenido miedo de que dejaran de quererme y quisieran a otro.

Cuesta entender que el hecho de querer a varios no significa que el cariño se reparta en pedazos más chicos para cada uno. ¿No es verdad? Quizás también les haya pasado a Uds.

En algún momento me va a tocar confesarles que yo sufrí por cosas parecidas. Bueno... nunca les dije que fui perfecto y por algo será.

Después que todos se despidieron de los señores que me habían traído y que los niños y yo nos habíamos hecho un montón de mimos y dado muestras de la felicidad que nos daba estar nuevamente juntos, me hicieron pasar al jardín.

¡Qué lindo era!

Me hacía recordar al de la casa quinta, aunque era bastante más chico. Había muchos rosales y   pastito donde podría acostarme a dormir mis siestas. ¿Sería ésta mi nueva casita? Me gustaba. Ya no quería  más cambios. Tampoco quería cambiar de familia. Me trataban bien y les había tomado cariño. Sólo me faltaba arreglar el tema con la perrita que me seguía mirando con desconfianza desde un rincón del jardín.

La niña la llamó por su nombre. Se llamaba Gypsy. ¡Qué lindo nombre!

Gypsy se acercó y esperó que le hicieran mimos. Los niños la abrazaron y la acariciaron. Ella pareció tranquilizarse. Se estaba dando cuenta de que no había sido desplazada. Eso me dejó más tranquilo.

No vayan a creer que con eso me aceptó. Si bien movía su colita cada vez que le hacían un mimo, lo que indicaba alegría, no se me acercaba. Seguramente, todavía desconfiaba de mí. No tenía motivos. Yo tenía intenciones muy amistosas para con ella. Ya estaba buscando el camino para conquistarla, pero ella no lo sabía.

La niña entró en la casa, llevándosela. Los niños y yo nos quedamos en el jardín jugando. Entre juego y juego, husmeaba reconociendo el terreno. Me agradaba.

Al fondo había una casita para perros, la que seguramente era de Gypsy. No era de madera. Su techo estaba pintado de rojo. Era linda, pero tenía miedo de que de ahora en adelante tuviera que vivir allí.

Como comprenderán, prefería compartir la casa grande con mi familia. Como les dije desde el primer día, no era un tonto y me gustaban las comodidades y, más que nada, los mimos.

Algunas horas después, vi llegar un auto que había conocido en la playa, aunque nunca había subido a él. Del auto bajó el papá.

¡Qué alegría! Lo conocía y sabía que me hacía muchas caricias, aunque no era él el que me daba de comer. La especialista en eso era la mamá.

El papá y yo nos saludamos con un montón  de zalamerías, aprovechando que Gypsy no nos veía.

Más tarde, ingresamos todos a la casa. En un rincón estaba ella, descansando. Otra vez se puso nerviosa. Traté de no molestarla y  hacer de cuenta que no la veía. Ella sabía que no era así, pero yo nada podía hacer para que cambiara de parecer.

Así que me alejé y uno por uno, fui recorriendo todos los cuartos, menos uno que estaba cerrado.

¿Qué habría allí? ¡Qué curiosidad!

Después de un rato, el papá preguntó como me llamarían. Claro, nadie sabía mi anterior nombre y para mí era una alegría porque no me gustaba y por eso nunca se lo comenté a Uds.

¡No! ¡No me obliguen a decirlo! Quiero que me conozcan por el que fue mi nuevo nombre.

Los niños no habían pensado en ello. El papá propuso que cada uno eligiera el que le gustaba. Lo hicieron y los pusieron a votación. Ganó:

King

y ese fue mi nombre de allí en adelante. Realmente me puse muy contento.

¿Qué les parece? ¿Les gusta? Espero que sí.

Bueno, por hoy ha sido suficiente. Nos vemos.

 

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Mi nuevo hogar