Más cambios en mi vida

 

¡Aquí estamos nuevamente! ¿Han pensado sobre los que les conté la última vez que nos vimos? ¿Entendieron cual era el motivo por el que les aconsejé pensar antes de tomar determinaciones?

Sus caras me dicen que sí.

Pero pónganse contentos. Hoy les voy a narrar cosas más alegres.

Estaba arrepentido de haberme extendido en mi paseo, ya que el precio pagado había sido muy alto, pero  no podía remediarlo.

Entonces, decidí ver si podía lograr una nueva familia. ¿Cómo lo hice si no podía hablar con ellos? En esa época no había aprendido a comunicarme de la misma manera que lo estoy haciendo con Uds.

Bueno, comencé a acercarme a los niños que estaban en la playa. Me tiraba a sus pies.  Si me acariciaban, les lamía las manos y me retorcía de placer para hacerles notar que me gustaba.

Uds. ya saben todo lo que hacemos cuando queremos que alguien nos mime. Somos buenos para eso ¿No es verdad?

De esa manera, día a día, iba ganando amiguitos. Muchos de ellos comenzaron a darme algo de comer, por lo que mi vida mejoró. No obstante, eso no era suficiente. Yo estaba buscando una familia. Necesitaba acercarme a niños que estuvieran dispuestos a adoptarme.

Un día, vi a una niña y dos niños que jugaban en la vereda de una casa. Me acerqué a ellos. Me aceptaron. Me comenzaron a hacer caricias. Yo las retribuía con movimientos de lo poco que quedaba de mi cola y con besos dados con mi lengua. Trataba de que no se asustaran, porque los quería conquistar.

Sabía que no era fácil, pero tenía que intentarlo.

¿Lo podría lograr? Parecía que nuestra relación era cada vez mejor; que no les inspiraba miedo. ¿Podrían leer mis pensamientos?

Después de un rato, aparecieron los papás. Ellos también me acariciaron, aunque con algo de temor, porque se me estaba cayendo el pelo y mi apariencia no era de lo mejor.

Así, un día tras otro, nos fuimos viendo. Cada vez estaba más horas con ellos. Me daban de comer y  me acariciaban. Por fin, me invitaron a entrar a su casa.

Como imaginarán, teniendo en cuenta lo que me había sucedido, no me opuse. Por el contrario, les retribuí su cariño demostrando satisfacción y dándoles muchos besos.

Después de varios días, ya me quedaba dentro y sólo salía a dar algún paseo con ellos. Me llevaban, siempre, con un pretal y una cadena, para que no me perdiera. Realmente no era necesario. No tenía la menor intención de escapar ahora que estaba nuevamente bien.

A veces, salíamos a recorrer el barrio. Entrábamos en los comercios y allí preguntaban si me conocían y si sabían donde vivía antes. Yo no tenía forma de decirles que no perdieran el tiempo, que mi anterior familia vivía lejos y que se había ido dejándome allí.

Y... la verdad, tampoco tenía interés de hablar sobre ese tema.

Para no mentirles, lo que sería muy feo para comenzar nuestra relación, tendría que haberles dicho que me quedé solo por haberme escapado. ¿Se imaginan? En esa oportunidad me resultó muy bueno no poder hablar.

En uno de esos paseos, entramos a un local donde había mucho olor a medicamentos. El que lo atendía era un señor con una casaca celeste al que llamaban doctor.

Le preguntaron si me conocía; si alguna vez me había atendido. Él les dijo que no.

Parecía que ya se estaban dando cuenta de que no iban a poder encontrar a mi anterior familia. Es lo que yo quería que entendieran, pero no sabía como hacérselo saber.

Por último, preguntaron por mi salud. El señor les comentó que la caída de mi pelo se podía deber a que yo había estado comiendo lo que encontraba y no todo era saludable.

¡Qué inteligente era ese señor!

Sabía lo que me había pasado sin que yo le dijera nada.

Bueno... era inteligente, pero no muy bueno.

¿Saben que me hizo?

Antes de irnos no me dio una sino dos inyecciones. No estuvo muy bien. No me gustó mucho, pero no lo mordí como Uds. pueden pensar que hice.

No lo mordí por dos razones:

La primera era que estaba decidido a portarme bien. No quería que me dejaron solo otra vez.

La segunda... ¿se imaginan por qué? Supongo que sí. Lo que me dieron eran vacunas, según había dicho él  y no era lógico oponerme ¿No les parece?

Les sigo contando. Por  las noches, yo tenía un problema. ¿Cuál era ese problema? Como ya saben, no estaba muy bien de salud. Un montón de veces por día, sentía la necesidad de acercarme a un árbol y levantar mi pata. ¿Me comprenden? Sí, veo que sí.

De noche, la cosa se complicaba. No podía  levantarla al lado de un mueble. Si hacía eso, seguramente, me iban a echar y tendría que seguir viviendo en la calle.

La verdad es que tenía un problema muy serio. ¿Qué podía hacer? Cuando ya no resistía más, decidí acercarme a la cama de los papás y emitir algunos pequeños ladridos, de esos que usamos para demostrar que queremos algo.

Logré que se despertaran. Creía que se iban a enojar, pero no lo hicieron. Parece que me entendieron. El papá se levantó y me llevó a dar un paseo.

Allí pude resolver mi problema. Luego, volvimos a la casa y dormimos hasta la mañana.

Esto se repetía noche tras noche.

¡Qué paciencia me tenían!

Eso me demostraba que ya me estaban tomando cariño.

Después de desayunar, volvíamos a pasear. Si no llovía, me llevaban hasta la playa, cuando todavía había poca gente. Allí corría como un loco. También jugaba con los niños y, a veces, me encontraba con mis viejos amigos. Pero ya no quería saber nada de irme a pasear con ellos.

Bueno... mi vida no era tan mala y no quería correr ningún riesgo.

Poco a poco me estaba acostumbrando a mi familia. Cada una tiene su forma de vivir y yo necesitaba conocerla para poder portarme bien, ya que mi intención era esa y esperaba hacerlo.

Es tarde, deben irse.

Cuando nos volvamos a ver, les seguiré contando.  

 

   en_la_costa

Jugando con mi amiga