La venganza

 

¡Aquí estoy! ¿Me hice esperar?

Hoy voy a contarles los dramas que me tocaron vivir desde mi regreso a la casa de José.

Como les narré, después que el papá me llevó de vuelta allí pensando, equivocadamente, que estaría mejor que en lo de Jacinto, vivía atado a un poste.

Ya no tenía libertad para poder moverme por el campo, no me hacían ni una caricia, ni tenía un lugar para cobijarme cuando llovía o estaba muy fresco.

La casita que me habían armado cuando llegué allí por primera vez, no estaba a mi alcance.

Con respecto al agua y a la comida, ni hablar. Muy pocas veces tenía acceso a ellas.

Sobre el trato... José, cada vez que pasaba a mi lado, me gritaba o me amenazaba con patearme.

Viendo que no tenía ninguna posibilidad de defenderme y como no quería complicar aún más las cosas, traté de no enojarme al extremo de hacerle notar que él no era el más fuerte.

¿Me entienden, no?

Estoy seguro que si mi familia hubiese visto las condiciones en las que estaba viviendo, no lo habría permitido, pero vivía muy lejos y sólo venían de vez en cuando. Como recién había estado el papá, no esperaba que volviera en los días siguientes.

Cuando había pasado algo más de una semana, todo estaba peor. Por dos días consecutivos, no me acercaron ni un plato de comida.

Ya estaba desfalleciendo.  Decidí dejar de lado mis temores y actuar.

¡No iba a morir de hambre!

Estaba dispuesto a conseguirme mi propia comida.

En esa situación no era muy fácil, pero sabía que lo iba a lograr.

Yo no tenía ninguna posibilidad de alejarme para hacerlo. Contrariamente a eso, las gallinas de la casa, estaban en libertad y podían acercarse a mí.

Empecé a pensar en la probabilidad de que alguna de ellas me sirviera de almuerzo.

Sé que no es posible aceptar, así nomás, la idea de matar para poder comer, pero entiendan la situación.

Para ser sincero, no sólo el apetito me llevaba a pensar así, sino que nunca olvidé la forma en la que me había librado de mi encierro en la casa de esa buena señora que criaba chinchillas  y que pensó que yo iba aceptar mansamente su decisión de privarme de mi familia.

Ni bien una de las gallinas pasó a mi lado picoteando su comida, la atrapé con mis dientes y comencé a saciar mi apetito con ella.

Vuelvo a decirles. Sé que no estuvo bien, pero… ¿podía seguir sin comer?

Ustedes saben que eso no es posible y con hambre nosotros haríamos cualquier cosa para lograr comida.

Cuando sacié mi apetito, pensé en el agua. No me habían puesto mi recipiente, pero, como el día anterior había llovido, había quedado agua en un pozo que había en la tierra y que se encontraba dentro de mi territorio.

Satisfecho, me tiré en el pasto y me adormecí.

No sé cuanto tiempo había pasado cuando uno de los chicos me despertó con sus gritos:

-        ¡Papá! ¡Papá! ¡Mira lo que hizo King!

José, su mujer y el otro niño salieron corriendo de la casa y cuando vieron lo sucedido, él se puso a gritarme:

-        ¡Maldito! ¿Qué hiciste? ¿Te das cuenta que es lo que te va a pasar? ¡Te voy a matar!

Diciendo esto, entró en la casa y salió empuñando su escopeta, con la que me apuntó, mientras les ordenaba a su mujer e hijos que ingresaran a la habitación.

Uno de sus hijos, llorando, le pidió:

-        ¡No, papá! ¡No lo mates!

La mujer dijo:

-        ¡José, no lo hagas! Es un animal. No sabe lo que hizo y no es bueno para los chicos ver eso.

Yo sabía muy bien qué había hecho y el por qué, pero no podía ni quería hablar al respecto.

Luego agregó:

-        ¿Qué dirás si se enteran que lo mataste? ¿Cómo lo justificarás?

-        ¡Está bien! Le voy a perdonar la vida, pero no lo quiero ver más aquí. Quítale la cadena y que se vaya lo más lejos posible. Cuando vengan, diré que se escapó y listo. Si no les gusta, lo lamento por ellos.

-        Creo que es más acertado. Saben que no es un perro fácil de contener.

La mujer desenganchó la cadena y partí velozmente hacía el campo aledaño.

Mientras me alejaba, y cuando ya estaba fuera del alcance de José, comencé a pensar hacía donde me iba a dirigir.

Si iba hacia el campo de Jacinto, estaba seguro que allí me recibirían, pero corría peligro de que José se enterara y viniera a buscarme para dar rienda suelta a su feroz enojo.

¿Qué tenía motivos? Sí, los tenía, pero yo también. Mi reacción había sido dura, pero me habían tratado muy mal.

Teniendo en cuenta esto, la alternativa de volver a lo de Jacinto, donde me había sentido mimado por toda la familia y había gozado de una libertad absoluta, no me parecía muy segura.

Con respecto a intentar encontrar a mi familia, sabía que no iba a ser fácil. Se habían mudado y no tenía la menor idea de donde estaba ubicado el departamento que originó mi separación.

Igualmente sabía que aunque estuvieran en su anterior hogar, tampoco me iba a ser sencillo llegar a ellos, ya que la distancia era muy grande y, como había ido en auto, no había podido conocer el camino de la manera que lo hacemos cuando vamos caminando.

Si lo hubiese hecho de esa forma, tampoco podría garantizarles que iba a llegar. No los voy a engañar. Ustedes me conocen como si fuera yo.

La última idea que se me ocurrió, fue quedarme a vivir en el campo.

Eran tres posibilidades que merecían un profundo estudio, pero este era el momento de correr y alejarme, y no de pararme a reflexionar.

¿No lo creen?

Bueno… Me voy. Piensen cual hubiese sido la mejor solución. Cuando nos volvamos a encontrar les diré que fue lo que resolví.

 

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