La separación

 

La niña y la mamá se acercaron al lugar en el que estaba el padre.  Intrigado, los seguí sin arrimarme demasiado.

Traté de oír lo que hablaban, pero, desde allí,  me era imposible hacerlo.

Poco después, noté que la madre sacaba una caja del baúl del coche, vaciaba su contenido en el mismo y la cubría interiormente con una toalla.

Los tres se acercaron a nuestro refugio y fueron poniendo, uno tras otro, nuestros cachorros en la caja que habían preparado.

Aunque no entendía bien que era lo que estaba pasando, comencé a ponerme contento.

¡Qué buena gente! -pensé- Están tratando de que nuestros cachorros se encuentren más confortables. ¡No todos harían algo así!

Pero, inmediatamente, pasó algo que me desconcertó: En lugar de colocar la caja con nuestros retoños dentro del refugio, el padre la levantó y se fue acercando al lugar donde estaba estacionado el auto.

Linda, enojada, se fue detrás de ellos, pero cuando vio que los depositaban sobre el suelo y la niña comenzaba a acariciarlos, se tranquilizó.

Otro tanto me pasó a mí. Ambos nos pusimos junto a la caja, como para hacerles notar que estábamos dispuestos a defender nuestros hijitos.

La niña, dirigiéndose a sus padres, les dijo:

-        ¿Dónde  vamos a poner la caja? ¿En el baúl?

-        ¡No! –dijo la madre- Allí se pueden morir. Irán en el asiento de atrás.

-        ¡Qué bueno! Entonces van a viajar a mi lado.

-        Sí, pero te vas a tener que arreglar con menos espacio porque también la llevaremos a ella –respondió la madre señalando a Linda.

-        ¡Y a él! –añadió la niña señalándome a mí.

-        ¡No! Papá no quiere llevarlo.

-        ¿Por qué? No podemos dejarlo solo.

-        Rosita, papá tiene razón. Dice que no hay lugar en el coche para todos y que, además, no podemos llevarlo a casa porque está Bonito y no lo va aceptar.

-        Entonces tampoco va a aceptar a la mamá y a los bebés.

-        A ellos sí. Sólo les molesta que haya otro macho en su territorio. A la hembra y a los cachorros los va a aceptar sin problemas.

-        ¡Pobre! No podemos dejarlo solo. Seguro que quiere ir con sus bebés.

A esa altura de los acontecimientos, yo ya estaba furioso y diciéndome a mí mismo que no lo iba a permitir. Mientras tanto, la madre siguió explicándole a su hija lo que pasaba.

-        Seguro que sí, pero no podemos llevarlo y, aunque no lo entienda, es lo único que va a ayudar a sus hijitos a vivir. Necesitan un hogar que les provea amor y comida.

Fue en ese momento cuando empecé a recapacitar. Sería egoísta de mi parte no querer desprenderme de ellos, cuando, seguramente, eso iba a ser una solución para mis pequeños.

Era muy duro, aunque quizás fuera lo mejor. Pero también me iba a quedar sin Linda. Estaría sólo otra vez. Eso era demasiado.

Mientras tanto, la niña y su mamá seguían conversando.

-        Bueno... pero entonces tenemos que llevarlos a todos.

-        Eso es imposible. Debes decidir si quieres llevarlos o no, pero sin el padre.

-        Está bien, pero volveremos a buscarlo ¿No?

-        Veremos. Tendremos que encontrar una casa para él. Con nosotros no puede vivir. Te expliqué que Bonito no lo aceptaría.

-        ¡Está bien! ¡Si no queda otro remedio!

-        ¡No te enojes! Hacemos lo que podemos.

Dirigiéndose al padre, la señora le dijo:

-        Vayamos. A mí también me va a resultar difícil dejarlo a él aquí, pero sé que no podemos llevarlo.

Yo ya no sabía como reaccionar: si aceptar todo mansamente o comenzar a atacar a aquellos que querían separarnos.

Entendía, aunque con dificultad, lo que la madre le explicaba a su hija, pero no me resultaba fácil aceptar semejante sacrificio y no sabía que podía pensar Linda.

Me acerqué a ella y le pregunté sobre cual era su idea al respecto. Al principio, me dijo que no teníamos que permitirlo. Cuando le expliqué que iba a ser un sacrificio para nosotros, pero que era en beneficio de nuestros retoños, comenzó a aceptar la idea.

Le dije que, seguramente, en otro momento, volverían a buscarme para que estuviéramos nuevamente juntos.

Sabía que no iba a ser así, pero quería que ella se tranquilizara. La amaba y tenía que tratar de ayudarla en un momento tan duro.

Me acerqué a la caja y miré a cada uno de mis cachorros, despidiéndome de ellos.

Luego, haciéndome el que no sabía lo que iba a suceder, me alejé un poco de ellos, no sin antes arrimar mi cabeza a la de Linda y despedirme de ella.

Cuando la madre vio que me había alejado y que no había problema con un posible ataque de mi parte, hizo ascender a la niña al coche.

El padre también subió al mismo y lo puso en marcha.

La mujer tomó la caja y la colocó en el asiento trasero.

Cuando Linda vio eso, se precipitó dentro del auto, para no estar lejos de los cachorros.

La mujer, que estaba esperando esa reacción por parte de Linda, cerró la puerta y no le permitió salir.

Linda comenzó a ladrar, pero ella era incapaz de atacar.

¡Qué diferencia!  ¿No? ¡Sí! ¡Ya sé! Ustedes me conocen y no los puedo engañar.

El auto partió de inmediato.

Les aseguro que en ese momento se me desgarró el corazón. Ellos eran todo lo que tenía.

Linda me había hecho feliz durante algunos meses y mis cachorros eran mis primogénitos.

Comencé a correr por la banquina detrás de ellos, mientras veía que Linda, sacando su cabeza por la ventanilla del vehículo, me llamaba ladrando desesperadamente.  Sólo cuando caí exhausto dejé de seguirlos.

Me tiré sobre un costado de la ruta y me quedé allí durante horas, pensando en que no me quedaba otra solución que dejarme morir.

¿Para qué quería vivir si ya no los tenía a ellos?

Creo que por hoy es suficiente. Ya no puedo seguir hablando. La congoja no me lo permite.

 

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