Junto a Linda

 

Como les estaba contando, le había prometido a Linda no dejarla sola y, realmente, no tenía intención de faltar a mi palabra.

No era solamente porque me gusta cumplir, sino por algo un poco egoísta.

Linda era una hermosa hembrita y me había robado el corazón.

No se lo mencionen a Gypsy, si la ven. Supongo que no la va a hacer muy feliz aunque siempre supo de mi debilidad por las damitas.

¡Sin sonrisitas pícaras!

Saben que siempre fui un Don Juan y en ese momento, cuando no tenía a mi lado ni siquiera a mi familia, como despreciar semejante compañera.

El primer día, me ocupé de buscar comida para los dos y encontrar un buen lugar para pasar la noche. Me acercaba a ella para que no se sintiera tan abandonada, pero sin ninguna otra intención.

¡No saben el esfuerzo que tenía que hacer para no comenzar a hacerle mimos!

Esa noche, las estrellas brillaban como nunca. La luna iluminaba los alrededores del bosquecito en el que nos habíamos cobijado, dándome una sensación de seguridad que hacía mucho que no sentía.

Cuando nos acostamos, lo hicimos uno muy cerca del otro. Debía darle tranquilidad a Linda. Ella no estaba acostumbrada a pasar sus noches en el campo.

¡Otra vez esas sonrisitas!

Insisto, no era que no me hubiese gustado recibir algunos mimos, pero no era el momento. Linda estaba deprimida.

Al alba, nos despertamos. Me pareció ver en sus ojos una mirada de agradecimiento.

Me desperecé estirando mis patas y sacudiendo mi cuerpo desde la cola hasta la cabeza, hasta hacer sonar mis largas orejas al golpearse una con otra.

El ruido sobresaltó a mi amiga. Las suyas no colgaban como las mías y por más que las sacudiera no iba a poder hacerlas sonar. Pero ni siquiera lo intentó. Se quedó allí tirada.

Cuando la vi bien despierta, pensé que tenía que buscar la forma de distraerla para que no pensara en lo que le estaba pasando.

Decidí invitarla a jugar y correr. ¿Alguna vez vieron como lo hacemos?

¿No?

Nos ponemos en una posición especial. Doblamos nuestras patas traseras y apoyamos el cuerpo sobre ellas. Estiramos las otras hacia delante y casi apoyamos la cabeza sobre estas, mientras que, con la mirada, invitamos a nuestra amiga o amigo a comenzar a jugar.

Si no fuera porque nosotros caminamos sobre nuestras cuatro extremidades y los humanos sobre dos, diría que nuestra posición se asemeja mucho a la de los atletas cuando esperan la orden para la largada en una carrera.

A pesar de mis esfuerzos, no logré que Linda aceptara mi invitación.

No había duda de que estaba angustiada. Tenía motivos para estarlo ya que su familia no volvía a buscarla.

Resolví tratar de hacerla caminar. No era posible que estuviera todo el día tirada. No le iba a hacer bien y no quería que se enfermase.

La incentivé diciéndole que le iba a enseñar lo que había aprendido de Poqui para poder sobrevivir, pero que no se asustara porque no pensaba dejarla.

Aunque no con muchas ganas, aceptó y la llevé a recorrer dos o tres bosques cercanos a fin de buscar comida.

Encontramos lo suficiente para poder comer los dos, pero ella prácticamente no probó bocado. Había perdido el apetito.

Poco a poco y tratando de no ofenderla ni intimidarla, me fui acercando a ella para darle algún mimo.

¡No me miren así! Sólo quería demostrarle que en tan duras circunstancias podía contar conmigo, como seguramente lo harán ustedes cuando un amigo necesita su apoyo porque está pasando por un mal momento.

Al día siguiente, todo sucedió de la misma manera, con la única excepción de que no nos fue posible conseguir comida.

Para poder llenar nuestros estómagos, le propuse llegarnos hasta algún lugar donde viéramos camiones estacionados.

Aceptó, pero con una condición: Ella se acercaría al lugar pero sin hacerse ver porque tenía miedo.

Pensé que era razonable lo que pedía y me comprometí a aproximarle una parte de lo que me dieran.

Así lo hicimos y logramos lo que buscábamos.

Comió algo más que el día anterior. Parecía estar recuperando el apetito.

A los dos o tres días, aceptó mi invitación a correr y jugar. Eso me alegró.

¡Mi amiga estaba superando su depresión!

Su cola dejó de estar continuamente pegada al cuerpo y, de vez en cuando, se elevaba y se agitaba demostrando que algo le había producido alegría.

El ver los cambios me hacía pensar que ya había llegado el momento de comenzar a hacerle mimos, pero el temor a que los rechazara y que mi actitud la hiciera sufrir, me contenían.

Interiormente, me decía: Puede que mañana sea distinto.

Así fueron pasando una y otra noche, hasta que, un día, al despertarnos, fue ella la que me invitó a jugar de la misma manera que lo venía haciendo yo.

¡Qué alegría! Linda había superado el trance. Ya no estaba deprimida.

¿Habría sido mi compañía la que lo había logrado? ¡Qué lindo haber podido ayudar!

Bueno... decir eso es ser un poco egoísta. Yo también estaba solo y ella me había ayudado a olvidar mi obsesión por volver con mi familia.

¡Casi nada! ¿No les parece? Jamás había pensado que eso podía llegar a pasarme, pero me pasó.

¡Por hoy, suficiente! Nos vemos.

 

junto_a_linda

¡A ver si me lo puedes sacar!