Juli y yo

 

¡Hola chicos! Ya llegué.

Hoy voy a contarles sobre mis juegos y, también, sobre mi relación con Juli.

Como saben, estaba dispuesto a portarme de la mejor manera posible, por lo que no quería enfrentamientos de ningún tipo.

El mismo día que Juli y Pequeña (ahora “Mini”) se hicieron amigas, viví momentos muy lindos y llenos de recuerdos.

Cuando regresaron los niños, después del gran intercambio de mimos entre ellos y yo, me llamaron y me llevaron hasta una habitación en la que había un gran armario. Mientras abrían la puerta, me dijeron:

~        ¿A qué no sabes que tenemos guardados?

No tenía la menor idea de lo que era  y, además, no hubiese podido contestarles, por lo que esperé con ansiedad que me mostraran cual era la sorpresa.

Seguro que no se imaginan que había allí. ¡No lo van a creer!

Allí estaban todos mis antiguos juguetes. Ese osito de peluche que tanto quise, las pelotas con las que jugaba con los chicos, mis huesos de cuero preferidos, etc.

Cuando los  pusieron todos en el piso, tomé una de las pelotas y salí corriendo hacia el patio, para que entendieran que quería jugar con ellos como lo hacíamos antes de  separarnos. Se dieron cuenta de cual era mi intención y me siguieron.

Así comenzamos a jugar. Uno de ellos le arrojaba la pelota al  otro y yo corría detrás de ella.

Cuando no estaba demasiado alta, saltaba, la tomaba con mi boca y salía corriendo para evitar que me la sacaran.

Ellos trataban de quitármela y, si no podían, terminaba entregándosela para comenzar nuevamente el juego.

 ¡Qué lindos momentos estaba viviendo! Había hecho mucho para lograr ese reencuentro, pero nunca pensé que ese sueño se haría realidad.

Cuando nos cansamos... Bueno, en realidad, el que se cansó fui yo, me tiré a descansar un poco.

Luego volví hasta donde estaban los juguetes y tomé el oso de peluche. Me acerqué con él a la habitación de Juli y lo dejé al lado de la puerta. Pensé que iba a aceptar jugar conmigo.

Lo miró con curiosidad y, luego, con desprecio, como diciendo:

~        No quiero saber nada contigo ni con tus cosas.

Pensé que Pequeña lo vería y comenzaría a jugar, lo que podía ayudar a que Juli se plegara a nuestros juegos. Lamentablemente, ella dormía plácidamente en su camita y ni se enteró de lo que pasaba.

Insistí una y otra vez, hasta que Juli se enojó y comenzó a protestar.

Pensé que no debía enojarme, así que tomé el oso y me retiré.

El escándalo que había hecho Juli, había despertado a Pequeña. Cuando vio lo que pasaba, se asustó y salió corriendo del lugar.

Por suerte, su susto no duró mucho y al rato ya se encontraba jugueteando con el peluche. Como se imaginan, eso hizo que me olvidara de lo sucedido.

Esa no fue la única vez que traté de que Juli me aceptara, pero siempre obtuve la misma respuesta.

A veces, la mamá o los chicos la retaban y ella optaba por retirarse protestando.

Cuando ya habían pasado algunos meses desde mi regreso al hogar, ella me seguía rechazando hasta tal punto que más de una vez, a pesar de mi deseo de no enojarme, logró que sucediera.

No vayan a creer que cuando pasaba eso la lastimaba. ¡No! Sólo me le acercaba y la miraba con firmeza, como diciendo: No te tengo miedo.

Luego comenzaba a ladrarle fuertemente hasta que lograba que se fuera a su refugio. Lo triste es que eso tampoco sirvió para lograr el acercamiento que  yo estaba buscando y que, a veces, mis ladridos terminaban asustando a Pequeña, lo que me entristecía.

Quizás otro día sigamos hablando de esto, porque el tema da para mucho.

Bueno, creo que es hora de irme.

 

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Juli en su canasta