Jugando con Iggy

 

¡Qué alegría! Estoy nuevamente con ustedes. Hoy quiero contarles cómo cambió mi vida con la llegada de Iggy.

Hasta ese día, después de despedir a los niños, me sentaba junto a la reja a esperar que Morita pasara  para colmarla de besos y mimos. ¡Y para recibirlos! No les voy a mentir.

Más tarde, jugaba un rato con Pequeña, peleaba un poco con Juli y dormía placenteramente en el jardín, mientras el sol me abrigaba con su calorcito. Como comprenderán, era una vida un poco aburrida

A partir del momento en el que mi cachorro comenzó a vivir con nosotros, todo fue distinto. Me dedicaba a jugar con él, a mimarlo, a enseñarle que podía hacer y que no, etc.

El día siguiente al de su llegada, cuando los niños iniciaron sus preparativos para ir a la escuela, me desperté, como lo hacía siempre.

Noté que Iggy seguía durmiendo. Decidí no despertarlo y bajar a desayunar con la familia. En esto había una gran porción de amor por ellos, pero, también, interés en recibir algunos de esos premios que tanto me gustaban.

Al terminar su desayuno, en lugar de tomar las cosas y partir, los niños volvieron a la habitación donde dormía mi cachorro.

Uno de ellos lo alzó y comenzó a acariciarlo y besarlo. Recién ahí él abrió sus pequeños ojos, estiró sus patitas, demostrando que comenzaba a despertar.

Cuando quise acercarme, uno de los niños me dijo:

~       ¡King! No seas egoísta. Ya nos vamos y te vas a quedar con él. Antes queremos mimarlo un poquito.

Entendí que no podía oponerme, así que, cuando salieron de la habitación, llevándolo, los seguí.

Llegamos junto al armario donde guardaban mis cosas y uno de ellos lo abrió.

Sacó, de allí, mis antiguos juguetes, diciéndome:

~         No te enojes, pero ya no los usas, así que se los vamos a dar a tu retoño. Tienes que enseñarle a jugar.

Podría haberme enojado. Todo eso era mío. Pero, aunque no lo crean, me alegré. Yo también iba a disfrutar de mis chiches, jugando con Iggy.

Uno de los niños llevó los juguetes al patio, mientras el otro depositaba al pequeño junto a ellos. Luego, partieron dejándonos solos.

No tan solos, porque enseguida vino Pequeña. Se notaba que todavía desconfiaba del nuevo habitante de la casa, porque se mantuvo algo alejada. Me arrimé a ella, tratando de integrarla al grupo, pero no lo conseguí. No me preocupé demasiado, sabía que no tardaría en hacerlo.

Volví al lugar donde estaban los juguetes. Descubrí que no estaban todos, sólo habían dejado allí mi osito de peluche y una de las pelotas de goma. Supongo que los niños pensaron que eso era suficiente para el primer día.

Escogí el oso y, tomándolo con mi boca, se lo llevé a Iggy,  Él lo miró con curiosidad y comenzó a moverlo con sus patitas. Se lo quité, como hacían los niños cuando jugaban conmigo, y se lo acerqué nuevamente, tratando de que entendiera cual era el juego.

Creí que lo había logrado, porque se fue acercando como para aferrarlo con su boquita, pero desistió antes de conseguirlo.

Corrí hasta donde estaba la pelota, para ver si se ponía a jugar con ella. Noté que ese chiche no lo hacía muy feliz, ya que lo miró y se fue hacia donde estaba el osito.

Quizás este le hiciera recordar a sus hermanitos, que ahora se encontraban lejos.

El juego no duró mucho. El pequeño se cansó rápidamente y se echó a dormir en un rincón del patio.

Me había olvidado de que era apenas un bebe y que no podía pedirle que jugara como yo lo hacía.

Me puse a su lado y lo acompañé un rato.

Pequeña se mantenía a distancia. No quise que sufriera, así que tomé la pelota y se la llevé para invitarla a jugar.

Inmediatamente aceptó mi invitación y comenzamos a juguetear. Cuando Iggy despertó, vino hacia nosotros. Contrariamente a lo que yo pensaba, la gatita no le tuvo temor y siguió jugando.

Uno de mis deseos se había hecho realidad:

Pequeña, Iggy y yo nos habíamos unido y correteábamos juntos, aunque mi retoño se cansaba con mucha facilidad y, de a ratos, se tomaba algún descanso.

Como él debía comer seguido, aunque poca cantidad, la mamá vino a buscarlo. Cuando vio que ya había comido lo suficiente, lo trajo nuevamente al patio para que hiciera lo que, normalmente, hacía enseguida de comer: vaciar su pequeña vejiga y su intestino.

¡Qué pulcro estuve para decirlo! ¡No lo puedo creer!

Al advertir que había hecho ambas cosas, lo tomó en sus brazos y lo llevó al colchón. Una vez allí, él se hizo un ovillo y se puso a dormir.

No pude dejarlo sólo. Fui y me acosté a su lado. No crean que fue  por pereza. En realidad, hubiese preferido echarme a dormir en el jardín o en el patio, gozando de los lindos rayos del sol que prodigaban su calorcito.

Cuando volvieron los niños, al ver que me acercaba a ellos como todos los días, me hicieron algunas caricias. Luego, corrieron hasta donde estaba Iggy.

Me puse un poco celoso, pero enseguida se me pasó. Por la tarde, jugaron conmigo y, en algunos momentos, quisieron hacer lo mismo con mi pequeño.

Él estaba más interesado en los mimos que le daban que en jugar. Sospecho que era porque esas caricias suplían, en parte, las de la mamá.

Esto se repitió durante algunos días. Cuando más grande se lo veía a Iggy, más jugaba y menos dormía.

Llegó el día destinado a pasear por el parque. Esperaba que nos llevaran a ambos, para que él pudiera encontrarse con Morita, su mamá.

Pero no fue así. Él no vino con nosotros, según dijeron, porque era pequeño y corría peligro de enfermarse.

De cualquier manera, tampoco yo pude encontrarme. Ella no estaba allí. Tuve que entretenerme jugando con mis amigos, lo que me gustaba, pero no era lo mismo.

¡Me voy! Pronto estaré nuevamente con ustedes.

 

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