Jugando con amigos

 

¡Hola! Aquí estoy. Hoy voy a seguir hablándoles de mi nueva amiguita.

Como les conté, la primera vez que la vi, me enamoré perdidamente de ella. Todas las mañanas me ponía al lado de la reja del frente de la casa para poder verla y hacernos algunos mimos.

La mamá quería saber la razón por la que me gustaba tanto estar allí. Ella nunca había tenido la oportunidad de verla pasar, porque, a esa hora, estaba muy ocupada.

Un día, les dijo a los niños:

~ No sé que le pasa a King. Por las mañanas se desespera hasta que lo dejo salir al jardín. Hoy, como no vienen a almorzar, tendré más tiempo libre. Voy a tratar de observarlo. Estoy intrigada.

Uno de los niños, le contestó:

~ Seguro que nos espera. Nos debe extrañar.

~ Puede ser, pero voy a tratar de averiguarlo.

Interiormente, yo decía:

~ ¿Cómo puede ser que no se den cuenta? Si me conocen y alguna vez vieron a esa hermosura, tienen que suponer el motivo por el quiero estar en el jardín.

Pero, o no me conocían, cosa que no creo, o nunca la habían visto a ella.

Cuando todos se fueron, salí a despedirlos y la mamá no intentó hacerme entrar a la casa. Contrariamente a lo que acostumbraba hacer, no entornó la puerta del garaje, sino que la dejó totalmente abierta de modo tal que, desde la cocina, donde ella se encontraba, podía verme.

Cuando notó que me echaba para gozar del sol que ya estaba calentando una parte del jardín, dejó de espiarme.

Más tarde, cuando vi a mi amiguita, me acerqué con tanto entusiasmo al portón de hierro, que, sin querer, lo golpee. La mamá oyó el ruido y salió para ver que pasaba. Así descubrió el porqué de mi ansiedad por permanecer adelante.

Me miró y me dijo:

- ¡Ahora conozco el motivo por el que querías salir todas las mañanas! Tu amiguita es preciosa.

En ese momento, se acercó a la reja la señora que la llevaba de paseo y ambas mujeres se pusieron a conversar, mientras nos hacíamos un montón de mimos y nos dábamos besitos a través de la reja.

La mamá le comentó:

- Quería saber la razón por la que King quiere estar aquí todas las mañanas y ahora la descubrí. Veo que tiene buen gusto. Ella es hermosa.- Él también lo es y se hicieron muy amigos. Todas las mañanas, ella se detiene para estar con él.

- ¿Cómo se llama?

- Morita.

- ¿Morita?

- Si, parece raro pero hubo un motivo. Teníamos una perrita de color negro a la que llamábamos así. En un descuido de uno de mis hijos, se escapó. Salimos a buscarla, pero nunca la encontramos. No sabemos si se perdió o la robaron, pero nunca apareció. Cuando la nueva perrita llegó a casa, los chicos quisieron llamarla con el mismo nombre.

- Lamento lo que les pasó, pero veo que ahora tienen una princesa para consentir. Me parece que vamos a tener que dejarlos un rato juntos para que jueguen y se mimen.

- Hoy no puedo. Dentro de media hora tengo que salir hacia la oficina. Los sábados no trabajo. Sería el día ideal para que se encuentren y jueguen juntos.

Después de saludar, la señora se alejó, llevándose a Morita.

La mamá me hizo algunas caricias, mientras me miraba con una sonrisa muy especial. Antes de ingresar a la casa, me dijo:

- ¡Pícaro! Ahora entiendo el motivo de tu apuro por salir.

En las jornadas siguientes, se repitieron nuestros encuentros. Cuando llegó el día en el que los chicos no iban al colegio, ni el papá a trabajar, todos, salvo la mamá, se prepararon para salir.

Cuando estaban listos, la niña me puso el collar y la correa. Minutos más tarde, partimos hacia el parque.

Ya había hecho amigos. Desde lejos los divisé. Cuando me liberaron, corrí hacia ellos. Me gustaba jugar y corretear junto a mis compañeros. Algunos eran adultos como yo. Otros, sólo cachorros que tenían mucha más vitalidad y ganas de brincar.

¡Ah! ¡Me olvidaba! También había algunas lindas hembritas, aunque ninguna lo era tanto como Morita.

¡Si! ¡Ya sé! Esas sonrisas...

Insisto en que nunca dije que no me era fácil enamorarme. Me gustaban todas, pero ninguna como ella. Me había atrapado como nunca lo habían hecho.

Bueno... creo.

Les sigo contando. Yo ya tenía algunos años, aunque no me sentía un anciano ni mucho menos. Cuando estaba cansado de correr y jugar, me recostaba sobre el pasto, cerca de los lugares donde daba el sol.

A veces, alguna de mis amigas se tiraba a mi lado. Otras, estaba solo o me acompañaban los niños.

En más de una oportunidad, la contemplación del parque, sus jardines y bosques, me hacía recordar lugares por los que había pasado durante la búsqueda de mi familia.

Los veía parecidos aunque no iguales, ya que en nada se asemejaba mi estado de ánimo de entonces con el actual.

En aquellos momentos no había disfrutado de esos paisajes. Sólo quería llegar junto a los niños y los padres. Salvo cuando estuve con Linda, nunca pensaba en otra cosa que no fuera eso.

No cabe duda de que nuestro estado de ánimo puede hacernos perder cosas maravillosas de la vida o considerar espléndido lo que no es.

Esto último no era el caso, ya que el parque era realmente hermoso, especialmente en primavera, cuando los canteros estaban llenos de flores y muchos árboles escondían, casi completamente, su color verde para mostrar el de la floración.

También me resultaba agradable verlo en otoño. Las hojas que caían al piso iban formando un manto que, poco a poco, tornaba a un color rojizo. Cuando un rayo de sol pasaba a través del poco follaje que quedaba, el espectáculo era maravilloso por su colorido.

¡Aunque no lo crean, me había puesto romántico!

¿Se nota?

Cuando pensaba que se acercaba la hora del regreso, tuve una sorpresa muy especial.

Ahora me voy y los dejo con la intriga. La próxima vez les cuento. ¡No me odien!

 

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Jugando en el parque