Incertidumbre

 

¡Aquí estoy! ¡Seguro que me extrañaban!

Hoy tampoco les voy a narrar situaciones alegres, pero las feas también son parte de la vida y no puedo evitar contarlas y sufrir al hacerlo.

Como les había comentado, Jacinto había venido a invitar a José para realizar juntos un trabajo.

Seguramente llegó el día porque muy temprano José tomó su viejo auto y salió a la ruta.

Cuando ya estaba por anochecer, volvió. Parecía estar cansado y algo nervioso.

Me miró sonriendo con una expresión que no me gustó nada.

Su mujer y los chicos salieron a recibirlo. Se besaron  y, luego, su mujer le preguntó:

-        ¿Cómo te fue? Se te ve raro.

-        Estoy algo cansado. El sol estaba muy fuerte y casi ni paramos.

-        ¿Estaba Jacinto? ¿Hablaron sobre King?

Al oír mencionar mi nombre, comencé a prestar más atención y escuché que le decía:

-        Sí, quedamos que mañana por la tarde lo vendrá a buscar.

-        ¿Qué le vas a decir al dueño?

-        ¡Ya lo pensé! Le voy a decir que se escapó.

-        Pero vas a quedar mal si dices que se escapó y peor si dices que no lo encontraste.

-        Y bueno, tendrá que entender que hice lo que pude y nada más que lo que pude.

-        Te entiendo, pero nos habíamos comprometido a tenerlo y no quisiera que se enoje. Eso no sería bueno para tu relación con la empresa.

-        ¡Se lo va tener que aguantar y listo!

-        No te enojes, que no es para tanto.

-        Es que este animal me tiene mal. Puede que no sea malo, pero no cabe duda de que no es nada tranquilo y se las sabe todas.

-        Tranquilízate y vamos a tomar unos mates.

-        Me van a venir muy bien.

Y sin saber que su conversación me había provocado dos sensaciones contrapuestas, entraron a la casa.

Entretanto, me quedé pensando  si lo que habría de suceder sería bueno o malo para mí.

Mi estadía allí no era de las mejores. No me hacían caricias, no me daban buena comida y tampoco tenía lo que más añoraba: libertad para correr y jugar.

Además, Jacinto me había caído bien cuando lo vi por primera vez, pero no sabía si en esa oportunidad  había mostrado su verdadera forma de ser o había sido sólo una máscara.

¿Y cómo sería mi vida en el futuro? ¿Alguna vez mi familia podría encontrarme y llevarme con ellos? ¿Me adaptaría a la nueva casa?

Pensando en esto, me fui adormeciendo. Al amanecer, vi que José partía con su auto.

Por la tarde, volvió y antes de que terminara de saludar a la familia, que había salido a recibirlo, llegó Jacinto, montando su caballo, quien dijo:

-        Buenas tardes, señora. ¿Cómo está? ¿Le dijo José que vendría a buscar a King?

-        Buenas tardes, Jacinto. Sobre eso estábamos hablando. Espero que no nos traiga problemas. Nos habíamos comprometido a cuidarlo.

-        No se preocupe. Lo voy a cuidar y si surge algún  inconveniente se llegan hasta mi casa y lo traemos de vuelta, pero espero que no. Estoy seguro que a mis chicos les va a encantar. Tiene cara de bravo, pero los boxers son buenos con las criaturas.

Como comprenderán, me estalló el pecho de orgullo. Jacinto me había caído muy bien el primer día y sentía que no me había equivocado.

La esposa de José, dirigiéndose a Jacinto, le dijo:

-        Quiere pasar a tomar algunos mates.

-        Le agradezco, pero quiero irme antes de que oscurezca. Salir a caballo a la ruta por la noche se está poniendo cada vez más peligroso. En esta época hay mucho tránsito.

-        Bueno. Otra vez será – contestó la mujer.

Mientras tanto, José se fue acercando al lugar donde me encontraba. Me quitó la cadena y me llevó hasta donde estaba Jacinto.

Éste me hizo algunas caricias, las que no respondí sólo por temor a ser engañado una vez más, saludó a los dueños de casa y subió a su caballo, llevando en su mano la soga con la que me sujetó.

Los chicos y los perros de la casa, miraban la escena desde la puerta de la casa.

Esta vez no vi ninguna lágrima en los ojos de aquellos con los que había vivido los últimos meses.

Tampoco yo sentí nada porque me estaban llevando de ahí. Esta separación no fue para nada dura.

Solamente me dolía saber que cuando vinieran a visitarme ya no me encontrarían y que, quizás, nunca más volveríamos a vernos.

Eso sería para mí, y creo que también para ellos, algo muy difícil de aceptar, pero como les digo siempre, en la vida hay muchas cosas lindas y también de las otras. Hay que saber disfrutar las buenas y poner el pecho, como se dice, a las malas.

Vuelvo a lo que les estaba contando.

Jacinto, montado en su caballo bayo, salió a la ruta, mientras yo le seguía guiado por la soga.

Después de andar más o menos una media hora, atravesamos la tranquera de un campo distinto a aquel en el que había vivido hasta ese momento.

A unos cien metros de allí, había una casita con un jardín lleno de flores.

Al acercarnos, los hijos de Jacinto, su mujer y sus perros, vinieron a recibirnos.

Toda la familia comenzó a halagarme con frases como:

-        ¡Que lindo es!

-        ¡Parece cariñoso aunque tiene cara de malo!

Bueno. Está bien. No me critiquen. Sólo repito lo que escuché.

Sigo. Parece que en esta casa no sólo la gente era mejor que en la de José, porque los pichicos también se me acercaron. Nos olimos mutuamente para reconocernos, como lo hacemos siempre que nos encontramos con otros de nuestra misma especie y, luego, ellos se acostaron cerca del grupo.

La mujer de Jacinto, le comentó:

-        Voy a darle algo de comer. Es bueno para que nos vaya tomando confianza.

Y esa fue otra de las cosas que me gustaron de ellos: pensaban en mi estómago.

Los dejo. La próxima vez seguimos.

 

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