Iggy en casa

 

¡Llegué! Hoy voy a contarles parte de mi nueva vida, esa que empecé a compartir con Iggy.

Cuando arribamos a la casa, el pequeño temblaba. Seguramente haberlo separado de su mamá lo afectó.

Los niños comenzaron a mimarlo. La mamá insistía en que debían dejarlo descansar porque era muy difícil el momento que él estaba viviendo. Pero ellos no lo entendían y se lo pasaban de uno a otro.

Iggy, agotado por tanto estrés, se durmió acurrucado en los brazos de la niña.

Cuando llegó la hora de cenar, la niña suplicó hacerlo con él sobre su regazo. Al principio, los padres se opusieron, pero terminaron aceptándolo.

Mientras tanto, yo sentía un gusto amargo en la boca. Estaba pasando lo que me temía, él me estaba desplazando.

Cuando uno de los niños se acercó a mí y me habló dulcemente mientras acariciaba mi cabeza, noté que me estaba preocupando tontamente y retribuí sus mimos lamiendo sus manos y apoyando mi trompa sobre sus piernas. No tenía mejor forma de agradecerle que me siguiera queriendo.

Al llegar la noche, volví a sentir celos y miedo. Me preguntaba si podría seguir durmiendo en la misma habitación, junto a la familia y a Pequeña o si me harían dormir fuera de la casa.

Cuando vi que llevaban el colchón al lugar donde acostumbraba a dormir, me tranquilicé, aunque no totalmente.

Comencé a pensar en Iggy y en Pequeña. ¿Dónde descansaría Iggy? ¿Lo dejarían hacerlo junto a mí? ¿Qué pasaría con Pequeña? ¿Lo aceptaría?

Con la emoción de la entrada de Iggy en nuestra casa, me había olvidado de ella.

¡Qué mal me había portado! Yo la quería como si fuera una hijita, aunque no me lo puedan creer.

Realmente, habíamos vivido tantas aventuras y zozobras juntos, que ya no la consideraba algo extraño a mí, sino idéntico a mí.

¿Qué ella era una gatita y yo un perro? No tenía ninguna importancia. Era mi gran amiga, mi hermana, mi hijita o no sé qué, pero la quería mucho.

Si dejaba de estar a mi lado, lo iba a sentir. Ella me necesitaba y yo a ella.

Juli y ella se llevaban bien, pero siempre había preferido dormir en mi colchón, acompañándome. Eso me hacía feliz.

Como saben, mi relación con Juli no era de las mejores. Nunca había aceptado mi regreso con la familia.

Les sigo contando...

A mi cachorro lo llevaron hasta donde estaba mi colchón y me invitaron a acostarme. Eso me aseguró que él no me desplazaría.

Le di algunos mimos y fui a buscar a Pequeña. Lo normal era que ella me siguiera hasta allí, pero esa noche no lo había hecho.

No la encontraba por ningún lado. Resolví acercarme a la puerta del lavadero. Allí dormía Juli.

Lo que vi me sorprendió y, a decir verdad, me dolió. Pequeña se había acostado junto a Juli. Mi dulce gatita había decidido abandonarme.

Traté de que me siguiera, pero todo lo que hice fue inútil. No lo logré.

Lo que sí conseguí fue que mi enemiga, Juli, me gruñera, haciéndome ver que ese era su territorio y que allí no era bienvenido.

Entendí, tanto el enojo de Juli, como el abandono de Pequeña. La primera, defendía su territorio como yo lo hacía con el mío. La segunda, se sentía desplazada, aunque no fuera así.

En ese momento me dije: Si me pasara a mí ¿yo no reaccionaría de la misma manera?

No hace falta que me lo digan... ¡Sí! Decir otra cosa, sería mentirles. Entonces, no podía enojarme con mi amiguita, sino comprenderla y tratar de lograr que se integrara con Iggy como lo había hecho conmigo.

Ya llegaría el día en el que dormiríamos y jugaríamos los tres juntos. Sabía que, con un poco de esfuerzo, lo iba a conseguir.

Cuando volví junto a mi hijito, lo encontré temblando. No sé si tenía frío o miedo. No era lo mismo dormir junto a su madre, en una casa que conocía, que junto a mí, en un hogar en el que iba a pasar su primera noche.

Recordé como me había sentido cuando me separaron de mi mamá y lo entendí. No es fácil, cuando se es tan pequeño, comenzar una vida lejos de quien nos estuvo protegiendo y mimando.

Pronto, como me pasó a mí, se acostumbraría. En el caso de él, no iba a estar sólo, sino junto a su orgulloso padre, aunque, quizás, él no lo entendiera.

Como la noche estaba un poco fresca, los niños decidieron cubrirlo con una cobija. Seguro que no pensaron en que yo lo abrigaría con mi cuerpo y le iba a dar todo el calor y los mimos que necesitara.

Cuando lo vi cubierto con la manta, me dio una sensación de ternura muy especial.

¡Sí! ¡No lo digan! Me estaba poniendo “baboso”, como dicen ustedes de quienes se dejan dominar por el engreimiento.

Durante la noche, Iggy se levantó varias veces y se fue a un rincón del pasillo para...

Ustedes saben que los pequeños no son como los mayores. Ellos necesitan evacuar su vejiga y su intestino más seguido que nosotros. Y él era pequeño.

Cada vez que lo hizo, lo seguí para evitar que le sucediera algo. Luego, retornábamos para dormir uno junto al otro.

De vez en cuando, alguno de los niños encendía la luz para vigilar que todo estuviera en orden.

¿Desconfiaban de mi aptitud para cuidarlo o suponían que mis celos podían hacer que lo lastimara?

Hoy estoy seguro de que no era así, pero, en aquel entonces, no siempre mi razonamiento superaba a mis sentimientos y eso hacía que, en muchas oportunidades, me equivocara. Ésta fue una de esas ocasiones.

Ahora debo irme. Cuando vuelva les seguiré contando sobre mi pequeño.

 

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