Hay que cuidar la casa 

 

Buen día amiguitos! ¿Cómo están? ¿Bien? ¡Cuanto me alegro!

Hoy voy a contarles sobre otro de mis errores. No fue grave y no me costó un disgusto, pero se trató de un yerro. De eso no hay duda.

Sucedió uno de esos días en los que los chicos no van al colegio y algunos papás no trabajan. Creo que Uds. los llaman “sábado”.

Bueno, esos días, en la casa, no eran tranquilos para los chicos ni los padres. Era el día en el que acostumbraban a hacer las compras: verduras, cosas de almacén y…carne.

No se imaginan como sufría cuando olía ese rico olor a carne cruda y fresca.

Se me hacía agua la boca y esperaba cerca que me convidaran o que se descuidaran y yo pudiera robarme un pedacito.

¿Qué robar estaba mal? Lo sé. Siempre lo reconocí, pero también les dije que esos días en los que había pasado hambre, allá en la costa, me habían marcado para toda la vida y que algunas cosas, como robar comida, no me abandonaron nunca.

Pero no se inquieten. Como ya me conocían, no me perdían pisada y cuando traían la carne, jamás la dejaban sin vigilancia y me quedaba con las ganas hasta la hora en que preparaban mi almuerzo.

A veces, les daba lástima y me convidaban con un trozo. Eso no pasaba a menudo ya que decían que la carne cruda no era buena para mi salud, así que me la daban después de cocinarla un poquito.

Para mí no era lo mismo, pero era mejor que nada. ¿No les parece?

Cuando todos ya estaban en casa y habían guardado lo que habían comprado, decidí ir a tirarme a dormir en mi lugar privilegiado: en el dormitorio de los papás, al lado de un gran ventanal que me permitía ver que pasaba en la calle.

Un rato más tarde, me despertó el ruido del motor de un vehículo.

Miré hacia la calle y vi que un hombre que, dos o tres veces, había traído muebles a la casa, se acercaba al portón de entrada.

Enseguida me incorporé y presté atención a lo que estaba sucediendo.

Conocía al hombre, pero no demasiado.

Apretó el botón del timbre y noté que el papá iba hacia el comedor. Me acerqué a él y lo acompañé. No quería que le sucediera nada, así que estaba muy atento a lo que pasaba.

Vi que el papá, después de abrir la puerta del comedor, le dio la mano al visitante y lo hizo pasar. Estuvieron conversando un rato.

Poco después, vino la mamá, quién también lo saludó.

Yo ya estaba un poco más tranquilo. Veía que no había peligro. Decidí seguir descansando, pero no en el lugar de costumbre, sino cerca de ellos.

Después de un rato,  me dormí.

Repentinamente me despertó el ruido que produjo el roce de una silla con el piso.

En ese momento, percibí que el visitante estaba por irse.

Ya totalmente despierto, noté que se llevaba con él una de nuestras sillas.

Inmediatamente me dije:

-        ¡No! ¡Eso no lo voy a permitir!

Me acerqué con la intención de no dejarlo salir. Parecía que él no se daba cuenta de lo que le quería hacer notar y siguió avanzando hasta la puerta, llevándose la silla.

Me dije que, si así no me entendía, tendría que buscar otra forma. Y lo hice.

Me puse delante de él, le gruñí y le mostré mis dientes. Parece que entendió que es lo que yo quería, porque apoyó la silla sobre el piso y siguió conversando.

Después de un rato, cuando pensó que yo estaba más tranquilo y que había aceptado que no estaba tratando de robar nada, sino que se la llevaba con autorización de los papás, la levantó nuevamente.

Mi reacción fue exactamente la misma.

Me planté frente a él, le gruñí y le mostré mis dientes. No tenía intención de atacarlo, pero debía aceptar que no le iba a permitir llevársela.

El papá se acercó, me habló y me hizo algunas caricias, como diciendo que todo estaba bien.

Yo estaba tan nervioso, que no podía comprender nada de lo que estaba pasando.

El papá seguía acariciándome, mientras el hombre trataba, nuevamente, de salir con la silla.

Yo volví a demostrarle que eso no iba a poder hacerlo.

Así, cada vez que él trataba de salir con la silla, yo le gruñía haciéndole notar que no se lo iba a permitir.

Después de varios intentos, el papá comenzó a enojarse y me reprendió.

Claro que yo no entendía nada, por lo que no desistía de mi actitud.

Por último, parece que todos entendieron.

No vayan a creer que entendieron que yo tenía razón al no permitir que el visitante se la llevara.

¡No! Lo que entendieron fue que no era posible que el visitante se la llevara mientras yo estuviera allí.

Y… optaron por encerrarme en la habitación de los niños.

Desde allí no iba a poder hacer nada que no fuera ladrar. Y eso sí lo hice y…  ¡cómo ladré!.

Cuando me dejaron salir, lo hice agachando la cabeza porque  pensé que lo iba a pasar mal.

Seguramente me irían a retar otra vez y, posiblemente, castigarme, atándome al lado de la cucha que estaba en el fondo de la casa.

No fue así. Parece que ellos entendieron que les ocasioné algunas molestias, pero que la intención era cuidar a los que tanto quería y a sus cosas.

Esto lo deduje porque, cuando me permitieron salir, en lugar de retarme me mimaron.

Me había equivocado. Había tenido una actitud que no era la que se esperaba en esta ocasión, pero la intención había sido buena.

Retribuyendo los mimos que me hicieron, demostré que les pedía perdón por el error.

No tenía otra forma de hacerlo.

Esto me enseñó que, a menudo, lo que suponía que era lo correcto no lo era; que no siempre hacía lo que correspondía, y, además, que la intención también valía, porque, aunque me equivocara, si reconocía mi error podía llegar a conseguir que todo fuera olvidado.

Bueno, chicos, por hoy los dejo. ¡Nos vemos!

 

hay_que_cuidar

 

¿No entendía que no iba a salir con la silla?