En camino 

 

¡Aquí estoy! ¿Me esperaban? ¡Seguro que sí! Yo también disfruto estos momentos que paso junto a ustedes.

Bueno… para encontrar a mi familia, me quedaba sólo un camino:

Seguir andando por el campo.

¿Hacia dónde? ¿Cómo saberlo?

Pensando y pensando, se me ocurrió que debía hacerlo siguiendo el camino que ellos tomaban cuando se iban después de visitarme.

Tenía que tener cuidado de no alejarme mucho de la ruta para no perderme, ya que la zona no me era nada familiar.

La mayor dificultad, pensaba, iba a ser alimentarme sin acercarme a las casas que se encontraban alejadas de la ruta.

Podía ser que tuviera que cazar, como lo habían hecho nuestros antepasados, para poder comer. 

Estaba seguro que no me iba a ser fácil, ya que en la época en la que me había perdido junto al mar podía recurrir a los desperdicios que arrojaban los habitantes de la zona. Además, ya me estaban conociendo y siempre había alguien que se compadecía y me daba algo para masticar.

De esa manera, nunca me vi obligado a recurrir a la caza para poder subsistir.

Ahora, la cosa era diferente. Cada día iba a estar en una zona distinta. No sabía si la gente con la que me cruzaría me iba a ver con cariño, con fastidio o con temor.

Esto último era lo más peligroso ya que el miedo hace que la gente reaccione en forma muy violenta aún cuando no tiene necesidad de hacerlo.

Como comprenderán, todos estos pensamientos sólo cruzaban por mi mente en los momentos en los que estaba cansado y me tiraba a descansar.

Por suerte, sólo duraban poco tiempo, ya que el sueño me vencía y me dormía enseguida, aunque no muy profundamente, para  evitar sorpresas desagradables.

Empecé buscando comida cerca de las casas que encontraba en las proximidades del camino, aunque no era fácil. Piensen que en el campo, normalmente, siempre tienen uno o más perros guardianes.

A veces ellos pueden ser amistosos. Otras, son malhumorados, peleadores o que sé yo.

Bueno… ¿qué hubiese hecho  si hubiese estado en su lugar? ¿Se imaginan?  ¡Seguro que sí!

Después de todo lo que les he contado sobre mi comportamiento, saben que no era muy amistoso cuando algo no me gustaba.

¡Esas sonrisitas! ¡Esas sonrisitas! ¿Qué querrán decir? ¡Me lo imagino!

Sigo… Si me acercaba y no intentaban agredirme, buscaba trabar amistad. De esa manera lograba que me permitieran comer una parte de su alimento.

Eso no era fácil ya que, aún los más mansos y amigables, se enojan cuando uno se acerca a su comida.

Es entendible ¿No? Yo hubiese actuado de la misma manera.

Me resultaba algo más viable cuando ellos eran cachorros o hembras.

Si la reacción no era muy violenta, trataba de convencerlos diciéndoles:

-        ¡No te enojes! Estoy hambriento. Estoy lejos de mi casa y de mi familia. No quiero molestarte. Sólo te pido un poco de comida y seguiré mi camino.

La respuesta podía ser:

-        ¡Ni se te ocurra! ¡No te lo voy a permitir!

o

-        Si, pero no te lo comas todo. Yo también debo comer.

Si la respuesta era la primera, seguía conversando tratando de persuadirlo. Si la negativa seguía siendo rotunda,  daba media vuelta y continuaba mi camino buscando otro lugar donde comer.

Si era la segunda, comía todo lo que podía pero dejando siempre algo para que lo hiciera quien había sido tan amable conmigo.

Cuando al acercarme, la actitud de los guardianes de la casa era violenta, me retiraba sin insistir, ya que sabía que no lograría alimentos y no tenía ganas de pelear por pelear. No iba a obtener nada haciéndolo.

Me decía yo mismo:

-        Tranquilo, King. Enojándote no vas a lograr comida. Seguí y pronto vas a encontrar algo para saciar ese apetito atroz que tienes.

Como comprenderán, no era fácil lograr tranquilizarme, pero no tenía otra solución.

Ustedes pensarán que, además, tenía otro problema: dormir a la intemperie.

Ese no era un gran inconveniente. Había aprendido a vivir sin las comodidades que tenía en la casa de mi familia desde el mismo momento en el que fui trasladado a la de José.

Cuando no llovía, cualquier lugar era bueno para descansar y estaba tan fatigado que casi no me daba cuenta cuando caía dormido.

Si llovía, trataba de encontrar algún galpón cercano. Si no conseguía ninguno, me guarecía en el hueco de un árbol o debajo de las ramas de uno muy frondoso.

Al día siguiente, muy temprano, reiniciaba mi camino, esperando que fuera el último necesario para lograr llegar a destino.

Creo que por hoy ya les conté demasiado cosas tristes, así que los dejo.

 

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