Los días posteriores

 

¡Hola! ¿Cómo están?

Hoy les voy seguir contando mi vida junto a Iggy.

Todas las mañanas, yo  me dirigía hacia el frente de la casa, esperando que pasara mi Morita. Cuando habían pasado unos días desde la llegada de Iggy a nuestra familia, éste empezó a seguirme.

Durante un tiempo, nuestra espera fue inútil. Ella no apareció. Me preguntaba si todavía cuidaba a alguno de nuestros hijitos o si se había mudado, pero no tenía como saberlo.

Una tarde, después que llegó el papá, me pusieron la correa y me sacaron a pasear. Me llamó la atención que la mamá tomara entre sus brazos a Iggy y saliera con nosotros, porque no era habitual que lo hicieran.

Los niños, muy alegres, nos seguían.

Pronto descubrí que nos dirigíamos hacia la casa de Morita. Apuré el paso. No puedo decir que me llevaron. Realmente fui yo el que llevé, casi a la rastra, al papá. Estaba ansioso por verla.

Llegamos. Apretaron el botón del timbre y, enseguida, se oyó el ladrido de mi princesa. Cuando estuvo junto a la puerta, ambos nos pusimos a aspirar nuestros olores por la rendija que se veía por debajo de ella.

Nuestra respiración era tan fuerte que parecía que nuestra intención era aspirar al otro para hacerlo pasar por allí y lograr estar juntos.

Abrieron la puerta y se produjo el encuentro. Me resulta imposible explicarles lo que sentí.

¡Cuánto hacía que no la veía! ¡Qué linda estaba!

Detrás de ella apareció una de nuestras hijitas. Después me enteré que Mocho, uno de los machitos, también había dejado la casa.

Comenzamos a besarnos y mimarnos como siempre lo hacíamos cuando estábamos reunidos. Lo hicimos hasta que la mamá dejó a Iggy en el piso.

Ni bien lo vio, corrió hacia él y después de lamerlo y mimarlo, comenzaron a jugar. La hembrita que todavía estaba con ella, se invitó y comenzó a divertirse con ellos, seguramente recordando los tiempos en los que vivían juntos.

Veía a los tres divertirse y correr, y no podía dejar de emocionarme. Fue muy raro, pero no sentí celos. Los quería a todos y me sentía feliz cuando observaba que ellos también lo eran.

Llegó la hora de irnos y, a pesar de nuestros deseos, tuvimos que separarnos.

Fuimos dos o tres veces más a visitar a Morita. La última vez que lo hicimos, ya no estaba allí mi cachorrita.

Cuando dejamos de ir, Morita comenzó a pasar nuevamente frente a la casa. Allí la esperábamos Iggy y yo. Ambos nos desesperábamos por conseguir mimos y besos de ella, pero aceptábamos que fuera Morita quien decidiera a quien se los daba. Generalmente, eran compartidos.

Unos de los fines de semana, cuando menos me lo esperaba, la descubrí en el parque. No se imaginan la emoción que sentí al verla. Mi corazón comenzó a latir tan fuerte que parecía que estallaría.

Ambos comenzamos a correr para encontrarnos a mitad de camino. Cuando estábamos cerca, se apoyó sobre el pasto, estirando sus patitas delanteras y dejando caer su cabeza sobre ellas, como suele hacerse entre nosotros cuando invitamos al otro a jugar.

Emocionado, me ubiqué a su lado. Comencé a lamerla con desesperación. Ella se puso panza arriba, aceptando mis mimos. Luego, corrimos juntos y volvimos a acariciarnos. Todo nos parecía poco.

¡Cuánto había deseado este momento! Estaba tan feliz que ni siquiera recordé que Iggy no estaba con nosotros. Sólo pensé en él cuando Morita me preguntó. Le conté que, según había escuchado, era muy pequeño para llevarlo al parque, donde podía enfermarse.

Después de algunas semanas, cuando Iggy ya había recibido sus vacunas, comenzaron a llevarlo con nosotros, no sólo al parque sino, también, cuando hacía mi paseo diario.

Al principio, lo transportaban alzado. Luego, le compraron un collar y una correa. Así comenzó a caminar a mi lado y  fue aprendiendo a hacer sus cosas donde debía hacerlas.

La primera vez que nos encontramos los tres en el parque, Morita parecía desconcertada. No sabía si correr a mi lado o ir a mimar a su hijito.

¡Perdí! Fue hacia él. Al principio me sentí defraudado. Ella lo debe haber notado, porque vino a mimarme un poco. Allí fue cuando razoné y resolví dejar de lado los celos para dedicarme a cuidarlos.

¿Si lo hice? ¡Por supuesto!

Solamente de a ratos jugaba con ellos. El resto del tiempo lo pasaba sentado sobre mis patas traseras, mirando, muy atento, lo que pasaba alrededor. No quería que ningún macho, que no fuera de nuestro grupo, se acercara a ellos.

Si alguno tenía la osadía de hacerlo, me ponía furioso y lo alejaba.

Como verán, por cuidar a Morita y mi cachorro, volví a ser un poco cascarrabias. No me gustaba serlo, pero me era imposible evitarlo.

¡Eran mi familia!

Cuando llegaba la hora de volver a casa, nos resultaba difícil separarnos. Siempre lo hacíamos prometiendo vernos al día siguiente, cuando Morita pasara delante de nuestro hogar.

Sabíamos que no iban a ser más de unos minutos, pero eran suficientes para demostrarnos cuanto nos queríamos.

Contándoles sobre nuestros paseos, me olvidé de narrarles acerca de la relación de Juli con Iggy.

Como saben, la mía con ella no era muy buena. En realidad, debería decir: la de ella conmigo.

Nunca tuve nada contra ella. Fue ella la que no me aceptó jamás.

Pero con Iggy fue distinto. Al principio no se le acercaba, ni quería que él lo hiciera. Eso me obligó a interponerme entre ellos en más de una oportunidad. No quería que lastimara a mi retoño.

Poco a poco, parece que ella fue entendiendo que él no quería herirla, y fue aceptando que la distancia entre ambos se redujera. Nunca fueron tan amigos como Pequeña y yo, pero ella fue dejando de intimidarlo e Iggy dejó de tenerle temor.

Bueno. Hoy les voy a dar una triste noticia para mí, espero que también lo sea para ustedes: tengo que dejarlos por un largo tiempo.

Los voy a extrañar. Me han escuchado y aguantado durante mucho tiempo y les he tomado cariño.

 

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Iggy