El día después

 

¡Amiguitos! ¡Volví!

Como ya les conté, fui al parque por primera vez y lo pasé muy bien.

Al día siguiente, ya no fue lo mismo. Sólo estábamos en la casa: la mamá y Pequeña.

¡No! También estaba Juli, pero de ella no me acordaba ya que casi no había ninguna relación entre ambos. Si, por casualidad, nos cruzábamos, sus gruñidos me demostraban que no  había sido bien recibido.

Por suerte, sí había aceptado a Pequeña.

Como adentro estaba un poco aburrido, resolví pararme junto a la reja del frente de la casa.

Allí me quedé esperando que pasara alguna de esas bellezas que había visto en el parque.

Mientras miraba hacia la calle, algo no muy alegre pasaba por mi  cabeza. ¿Qué era?

Comencé a extrañar la libertad que había tenido cuando vagaba por el campo. Aquí me sentía prisionero. Tenía ganas de  comenzar a trotar hacia el parque y disfrutarlo yendo de un lado para otro y.....

¡Si! ¡Adivinaron! Llenar de mimos a todas y cada una de las hembritas que había visto.

¡Cómo me conocen!

Al rato, pensé en lo bien que estaba junto a mi familia y me dije que ambas cosas no las podía tener, así que debía elegir la que más me gustara: Conseguir la libertad escapando o permanecer con ellos aunque eso me obligara a seguir viviendo así.

Enseguida decidí: No iba a lograr mi libertad a costa de perder la compañía de aquellos que tanto quería y me consentían.

Creo que hice la mejor elección de mi vida.

Una vez resuelto ese problema, ya no tenía mucho en que pensar. Con la ayuda de ese hermoso sol que iluminaba una parte del jardín, me fui quedando dormido.

Cuando me despertaron algunos ladridos que provenían de la calle, miré hacia el lugar y vi que pasaba un muchacho acompañado por seis o siete perritos.

¿Vivirán todos en la misma casa? – me pregunté.

¡Debe tener una casa muy grande! – me contesté a mí mismo.

Con el tiempo supe que no vivían en la misma casa y que se encontraban todas las mañanas para pasear juntos.

¿Cómo lo supe? En una oportunidad, tropecé con uno de ellos y me contó que el joven pasaba por sus casas  y cuando estaban todos, iban a jugar al parque. Luego, volvía a pasar, dejándolos nuevamente con sus familias.

Cuando estaba por adormecerme otra vez, oí pasos. Como era guardián y, también, muy curioso, me paré y me puse a ver que sucedía. Noté que se acercaba una hembrita y, un poco más atrás, una señora.

¡OH! ¡OH! – me dije – que hermosa es.

No me equivoqué, lo era. Su cuerpito, bayo con manchas blancas en el pecho y en sus patas, parecía pintado por un artista, lo mismo que su  carita. Todo su aspecto indicaba que era muy dulce y, en verdad, no sólo lo parecía, sino que, como lo comprobé después, lo era. Corría y saltaba constantemente. No sabía quedarse quieta. Era alegre y dulce. La veía mucho más pequeña que yo y eso me inspiraba ternura.

Enloquecí. Quería salir corriendo a su encuentro. No podía hacerlo. La reja me lo impedía.

Pero la cosa no fue tan trágica. Cuando me vio, ella se quedó observándome. Luego, poco a poco, se fue acercando a la reja y permaneció un rato a mi lado, mientras nos  cruzábamos dulces miradas y algunas palabras, que sólo nosotros entendíamos.

Así me enteré que, como a ella le tenían confianza, paseaba sin correa y que, la señora, era un miembro de su familia.

También me dijo que pasaba por mi casa todos los días y que muchas veces la llevaban al parque.

Entonces – le dije – seguramente alguna vez nos vamos a encontrar y jugaremos juntos.

Como la estaban llamando, tuvo que dejarme.

Me había enamorado perdidamente de ella.

¡Qué tiene! ¿Qué era muy enamoradizo?

¡Sí! ¡Lo acepto! Esa era mi forma de ser, pero en este caso había un motivo importante para enamorarme a primera vista: ¡Era divina!

Después de eso, me pasaba las mañanas junto a la reja esperando que llegara. Así, cada día, gozaba un rato de su compañía.

Cuando llovía, me angustiaba porque sabía que no la vería.

Los dejo. Ya volveremos a hablar del tema.

dia_de3