El comienzo de mi vida

 

Nací al final de una hermosa primavera. Como les pasa a la mayoría de los pichichos, apenas conocí a mi padre.

Mamá, siendo muy pequeño, me contó, que ella vivía con su familia  y que, cierto día, unos amigos trajeron a su perro, que por casualidad, era muy parecido a ella, aunque más grande y corpulento. Claro, él era todo un hombre.....o mejor dicho, todo un perro.

Ambos se miraron y se enamoraron a primera vista. Al principio, ella hizo como que él no le interesaba. No quería que él pensara mal de ella. Pero, llegó el momento en el que no pudo disimular más y comenzaron a jugar juntos y a darse muchos besitos. Y...decidieron formar una familia.

Cuando estaba terminando el día, los conocidos se fueron y, sin pensar en papá y mamá, se llevaron a papá a su casa.  Cuando el auto partía, mamá se puso muy triste. Habían pasado un día tan, pero tan lindo. Se preguntaba si alguna vez volvería a verlo. Se había enamorado de él. Ya lo quería tanto que no sabía como iba a hacer para vivir sin que  estuviera a su lado.

Pasaron varias semanas y papá no volvió, Mientras tanto, mamá se daba cuenta que cada día estaba mas pesada para caminar y engordando tanto que la panza casi le arrastraba por el piso.

Después de un tiempo, empezó a sentir algo raro. Trataba de buscar un lugar distinto para acurrucarse. A veces, intentaba cavar pozos en la tierra, pero no le resultaba tan fácil. Ella no estaba acostumbrada a hacerlos porque a su familia no le gustaba y la retaban cuando lo hacía. No entendían que eso estaba en su naturaleza.

Un día, casi sin darse cuenta,  se encontró acompañada por cinco cachorritos y.... adivinen... Uno de ellos era yo. Los otros eran mis dos hermanitas y mis dos hermanitos.

Yo no lo recuerdo. Mamá nos contó que éramos todos muy pequeños, pero gorditos. Casi no podíamos caminar porque nuestras patitas eran muy débiles y nuestros ojitos tardaron unos días en abrirse, aunque igualmente nos las ingeniábamos  para llegar al lado de mamá para amamantarnos.

Cuando todavía teníamos nuestros ojos cerrados, según nos narró mamá, un día nos visitó papá. Mamá estaba muy feliz. Tenía a su lado a toda su familia, pero, como pasó la vez anterior, al atardecer papá se tuvo que ir. Nunca más volvimos a estar con él.

Cuando crecí un poquito, empecé a ver y, a los pocos días, ya me entretenía jugando con mis hermanitos. A veces, parecía que nos enojábamos porque hasta nos mordíamos, pero era sólo un juego.

Después de un tiempo, mamá nos enseñó a comer porque, según nos explicó, no siempre íbamos a poder seguir dependiendo de ella para nuestras comidas.

Mientras tanto crecíamos y crecíamos. Es feo que yo lo diga, pero todos los que nos veían, decían: ¡Qué hermosos son!

Tienen razón... Sé que decir eso no está bien, pero no pude evitarlo. Fue más fuerte que yo. No vayan a enojarse. Uds. también son muy lindos. ¿Lo sabían?

Bueno, les sigo contando...

A menudo, cuando éramos mayorcitos, las niñas de la casa venían a jugar con nosotros.  A veces, sin querer nos hacían doler, porque nuestros huesos todavía eran muy tiernos, pero igualmente nos gustaba mucho.

Nos tomaban en sus brazos y nos acariciaban. Entre el cariño de mamá y las caricias de las niñas, nos sentíamos muy queridos. Que lindo era vivir así, con las panza llena y con tanto amor. Teníamos mucha suerte. En ese momento no lo sabía, pero, mas tarde, aprendí que no todos tienen tanta dicha.

Poco a poco, nos fuimos animando a alejarnos de nuestro rinconcito. Hoy por aquí, mañana por allá, comenzamos a ir de un lado para otro. Así conocimos donde se cocinaba nuestra rica comida (y la de nuestra familia), donde dormían las niñas y sus padres, el jardín y hasta... la calle.

Lo que me costó aprender fue que no cualquier rincón de la casa podía servirme como baño. Por ello recibí algunos retos, pero, poco a poco, lo fui aprendiendo. ¿Saben? No es fácil. A los niños también les pasa, pero mientras son chiquitos usan algo que llaman pañal y eso les evita recibir las reprimendas que yo recibía.

Pero, está bien. No fue tan grave, no me castigaban, solamente me retaban y lo aprendí.

Pasaba el tiempo y mis hermanos y yo estabamos cada vez más grandes. Corríamos y corríamos por el jardín. A veces, las niñas nos llevaban hasta la puerta de la casa para mostrarnos a sus amiguitos. Ellas estaban muy orgullosas de tenernos en sus brazos y nos hacían muchos mimos.

Uf... Otra vez metí la pata haciendo notar que éramos lindos.

Bueno, les sigo contando. Así, entre mimos y, juegos, iban pasando los días. Una de las cosas que más me gustaba era cuando mamá me lavaba. Nunca lloraba. Era tan lindo. Como mamá no sabía usar sus patas, agua y jabón para hacerlo, se las arreglaba con su lengua y nos frotaba y frotaba. ¿Ven porqué me gustaba?  Con cada baño recibía un montón de caricias. Ah.. cuando me acuerdo, me estremezco de placer.

Oh... No me había dado cuenta del tiempo que los entretuve. Es tarde. Otro día les sigo contando.

 

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