¡Alegría!

 

¡Hola! Nuevamente con ustedes. Los extrañé.

Hoy les voy a hablar de algo muy especial. Ya van a ver la razón por la que les digo esto.

Estaba acostumbrado a ver a mi Morita casi diariamente. Me resultaba muy extraño que durante varios días no apareciera por la casa ni por el parque.

Estaba triste y me preguntaba:

¿Estará enferma? ¿Se habrá mudado? ¿Tendrá otro amor?

y muchas cosas más. Lamentablemente, nadie podía responderme esas preguntas que, por otro lado, yo era incapaz de hacerles.

Un día, cuando el papá regresó a casa, después de cumplir con sus tareas. Me llamó, me puso el collar y la correa. Cuando terminó, le dijo a los chicos:

    • ¿Me acompañan?

Todos contestaron al unísono:

    • ¡Seguro!

Los tres chicos, el papá y yo, salimos a la calle. Me pareció una salida un poco rara, ya que, por la tarde, uno de los niños me había llevado a pasear. Esa caminata diaria era muy corta, pero servía para... Bueno... ustedes ya saben para que.

Ésta no tenía que ver con eso. No entendía nada, pero confiaba en ellos. Sabía que me querían y no iban a dejar que me pasara nada malo.

Recorrimos varias cuadras por lugares por los que habitualmente no íbamos. Nos detuvimos frente a una casa y allí sentí un escalofrío especial.

Mi olfato había detectado un perfume muy particular: era el que sentía siempre cuando estaba con Morita, sólo que esta vez tenía aún más fuerza.

¿Me estarían engañando mis sentidos o realmente ella estaba muy cerca? ¿No sería que mis deseos de estar a su lado me estaban haciendo creer lo que no era real?

El papá oprimió el timbre y, del otro lado, partió un ladrido que yo conocía muy bien. Era el ladrido de Morita. Ella estaba allí.

Me puse a olfatear con fuerza por debajo de la puerta y noté que ella hacía lo mismo desde el otro lado. Ambos comenzamos a demostrar nuestra alegría por el encuentro con pequeños gritos que no llegaban a ser ladridos.

Cuando abrieron, no pedí permiso para entrar. De un tirón me solté e ingresé arrastrando la correa. Ninguno de los dos pensó en esperar que nos autorizaran para estar juntos. Ambos comenzamos a abrazarnos cruzando nuestra patas delanteras y chocando nuestras cabezas. Después, ella, invitándome a seguirla, salió corriendo hacia el interior.

La seguí, sin dudarlo un minuto. Llegamos a un gran patio y allí jugamos y corrimos como nunca.

Pero no crean que la cosa quedó así. No tardé mucho tiempo en comenzar a tratar de hacer realidad una idea que hacía mucho venía madurando: formar con ella una pareja y tener cachorros.

Sabía que no es fácil convencer a las perritas para llegar a eso. Cuando no están dispuestas a permitirlo, al insinuárselo, se sientan, corren, ladran o tiran algún pequeño tarascón, para disuadirnos.

Esperando algunas de estas respuestas, inicié mi tarea. Iba a tratar de lograrlo, aunque fracasara. Lo hice.

Con tristeza, vi que ella, con menor firmeza que otras veces, ponía un freno a mis intenciones. Insistí, pero la respuesta fue la misma. Desistí y seguí jugando. Alguna vez tendría la suerte de lograr convencerla. Era cuestión de seguir esperando.

Un rato más tarde, me llamaron, me pusieron la correa y me invitaron a volver a casa. No me gustó nada, pero sabía que no había forma de oponerme, así que obedecí.

Al día siguiente, cuando el papá regresó del trabajo, volvimos a salir. Esta vez nos acompañó la mamá, porque los niños tenían tareas para hacer.

Noté que seguíamos el camino que nos llevaría a la casa donde vivía Morita. Mi corazón empezó a latir sin control.

Cuando llegamos, se repitió lo del día anterior.

Bueno... se repitió en parte, porque esta vez, cuando intenté hacer realidad lo de formar con ella una pareja y tener hijos, con sorpresa, noté que no se resistía con la misma fuerza que lo hacía cada vez que traté de hacerlo en otras oportunidades.

Al contrario, devolvía mis caricias y se ponía cada vez más mimosa. En lugar de correr para alejarse, se acercaba.

Seguramente ella estaba en uno de esos días especiales en los que las perritas buscan procrear y eso era muy interesante para mí.

Cuando vi lo que pasaba, me animé a pedirle que me aceptara para formar una pareja, como yo anhelaba. Ella accedió y lo hicimos.

Después nos acostamos uno frente al otro y comenzamos a darnos besitos con nuestras trompas. Estábamos cansados, pero colmados de amor y felicidad. ¿Qué más podíamos pedir?

No esperábamos que sucediera, pero sucedió. Me dieron la orden que no quería haber escuchado nunca:

    • ¡Vamos, King! Debemos partir.

Traté de hacerme el que no había oído, pero no sirvió ya que la orden se repitió y no pude negarme.

Las dos tardes posteriores, me llevaron nuevamente a visitar a Morita.

Ella me esperaba y volvimos a ser felices. Lamentablemente, tuve que dejarla y volver con mi familia.

Luego, la lluvia hizo que se suspendieran las visitas. No saben lo que me costó superar esa separación.

Para colmo, la tormenta no duró algunas horas, sino dos días.

Cuando pasó, me llevaron nuevamente.

Morita me recibió con la alegría de las veces anteriores, pero, cuando quise acercarme a ella con las mismas intenciones que en los últimos días, salió corriendo, invitándome a jugar.

Traté de insistir, pero ella volvió a alejarse. Quería hacerme entender que sólo estaba dispuesta a darme y recibir besitos, y mimos. Nada más.

Cuando vio que no quería entenderlo, resolvió esconderse debajo de la mesa del comedor hasta que desistiera.

¿Qué pasó luego?

Les sigo contando la próxima vez.

 

alegri

Morita