Agresión

No dejaba de extrañar a Linda y nuestros cachorros, pero consideraba que iba a ser imposible hallarlos, por lo que había decidido seguir buscando a mi familia humana.

Pequeña, mi amiga, me acompañaba. Estaba seguro que cuando la encontráramos nos permitirían seguir viviendo juntos. Ellos no me iban a obligar a abandonarla a su suerte.

A la gatita le gustaba más moverse de noche que de día. Yo, por el contrario, tenía preferencia por la luz del día.

A fin de que ninguno prevaleciera sobre el otro, decidimos alternarnos. En algunas oportunidades caminábamos de día y descansábamos de noche. En otras, a la inversa.

Para comer, seguíamos organizados como ya les conté: Yo salía a buscar alimento para ambos y le traía una porción a ella.

Después de unos días, noté que en nuestro camino encontrábamos más pequeños pueblos que al comienzo de nuestro viaje.

Estaba seguro que se estaba acercando el momento en el que arribaríamos a mi antiguo hogar.

Eso me alegró, pero también nos complicó un poco, ya que el paso de Pequeña por esos lugares se hacía más difícil.

En las calles, generalmente, había perros que caminaban de un lado a otro con mucha libertad.

Como saben, la relación entre los gatos y los perros, especialmente si no se conocen, no es muy amigable.

En varias oportunidades me vi obligado a demostrar, sin llegar a tener graves enfrentamientos, que mi amiga tenía quien la defendería si la agredían.

Pero... siempre hay un pero o, como se dice, siempre hay una primera vez. Cuando estábamos atravesando uno de esos pueblos, apareció un can muy grande que, ni bien la vio, se abalanzó sobre ella como queriendo comérsela.

Cuando lo tuvo frente a sí, ella se puso en posición de defensa. ¿Saben como lo hacen?

Se paran firmemente, levantan el lomo encorvándolo, miran atentamente y ponen sus uñas en posición de ataque.

Parada frente a su enemigo, parecía una hormiguita. Pero no crean que, aunque sean pequeñas, no tienen suficiente poder como para defenderse.

Si nos toman distraídos, pueden llegar a sacarnos un ojo con el primer zarpazo.

En este caso, no sólo contábamos con lo que ella podía llegar a hacer, sino también con mi furia porque atacaban a mi amiga.

Quise advertírselo. Me paré frente a él y le dije:

  • ¡Epa! ¡Epa! ¿Qué haces? ¿No te das cuenta que está conmigo?

  • ¡Qué me importa! –contestó él – ¿No te da vergüenza tener esos amigos? ¿A quién se le ocurre defender a un gato?

  • ¡Insisto! Esa gatita es mi amiga y no voy a permitirte lastimarla.

  • ¡Qué miedo! – contestó él con sorna - ¿Qué me harás?

Resolví darle una lección a ese matón. Comencé ladrándole con furia para ver si se daba cuenta que lo mejor que podía hacer era desistir de su intención.

No se amilanó. Me acerqué a él con mi mandíbula preparada para el mordisco.

Tampoco desistió.

Seguí adelante y le hice notar que le clavaría mis dientes en su gran cogote.

Hasta ese momento, mi intención era espantarlo sin herirlo, porque hacía mucho tiempo que había decidido dejar de agredir a los demás.

Él continuaba demostrando su deseo de lastimar a Pequeña y no retrocedía.

Al mismo tiempo que se abalanzaba sobre ella, me ladraba y mostraba sus dientes.

Entendí que no había otra solución que dejar de lado mis buenos propósitos y pasar a la acción.

Clavé mis dientes en su garganta y lo retuve inmóvil. Pequeña, mientras tanto, le arrojaba el zarpazo que tenía preparado para él.

Trató de herirnos, pero estaba en inferioridad de condiciones. Lo percibió y quiso soltarse para comenzar el repliegue.

Cuando vi que la gatita se alejaba comprendiendo que yo ya lo había dominado, lo solté y le gruñí con fiereza.

Considero que se dio cuenta que había perdido porque puso la cola entre las patas y empezó a alejarse a gran velocidad.

Lo seguí un corto trecho pero sin la intención de alcanzarlo. Sólo quería hacerle saber que no debía volver a acercarse a nosotros.

No me costó mucho convencerlo, ya que desapareció inmediatamente.

Para evitar nuevos problemas, salimos rápidamente de ese pueblo y volvimos a una zona despoblada.

Poco tiempo después, llegamos a otra población. Tratamos de no hacernos ver para evitarnos complicaciones y lo logramos.

Lo malo fue que con tanto apuro por salir de los lugares habitados, se nos estaba haciendo difícil obtener alimentos.

En esa zona, ya no había bosques en los cuales los camioneros pararan a descansar, por lo que no teníamos posibilidades de conseguirlos de esa manera.

Para poder movernos con mayor tranquilidad, convinimos con Pequeña que ya no viajaríamos de día. Sólo lo haríamos por las noches.

Así sería menos probable encontrarnos con guardianes ya que estarían descansando dentro de sus casas.

También tendríamos la posibilidad de recurrir a las bolsas de desperdicios, que los vecinos sacaban a la calle, para poder conseguir nuestros alimentos.

Unos días más tarde, comencé a reconocer lugares que tiempo atrás había recorrido en el auto de mi familia.

Mi alegría fue en aumento al notar que estaba cada vez más cerca de mi destino.

Bueno... por hoy los dejo. Nos vemos.

 

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